El Magisterio de los Papas habla del falso ecumenismo.

Algunas citas sobre el falso ecumenismo.
“Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha…” (…) “Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza”.
S.S. Gregorio XVI, Carta Encíclica “Mirari Vos”, Sobre los errores modernos, Nº9, del 15 de Agosto de 1832.
“Y aquí, queridos Hijos y Venerables Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren de ignorancia invencible acerca de nuestra santísima Religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación”.
Pío IX, Carta Encíclica “Quanto confiamur moerore”, del 10 de agosto de 1863.
“Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a losotros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis (Juan; 2, 10.). Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, corno fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe”.
“Bien claro se muestra, pues, Venerables Hermanos, por qué esta Sede Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo”.
S.S. Pío XI, Carta Encíclica “Mortalium animos”, del 6 de enero de 1928.

¡ESTÁN EN CAMINO DE INSTALAR UNA SUPERRELIGIÓN!

Conferencia pronunciada por Monseñor Marcel Lefebvre el 21 de noviembre de 1986 en el Priorato de Buenos Aires de la Fraternidad San Pío X

 

Estoy contento de tener esta oportunidad de hablarles nuevamente, desgraciadamente, en este tiempo, muchas cosas han sucedido y nada ha mejorado.

Trataré de explicar la situación actual para saber qué hacer como verdaderos hijos de la Iglesia Católica.

Les hablaré, rápidamente, de lo que parece ser el complot urdido contra la Iglesia, en contra de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios Padre y, luego, cómo fue posible que esos autores —de los cuales el principal es el mismo Satanás— hayan logrado introducirse en la Iglesia y servirse de sus hombres para concretar sus planes.

Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, por lo tanto debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Revolución, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a todo precio la Fe católica y la Santa Iglesia.

Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: “El liberalismo es pecado”, este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede.

El liberalismo es pecado. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios.

¿De qué hizo la libertad el hombre? ¿Para qué la hizo? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento…

Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma

Ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la de Dios.

Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición? Y diremos que el Liberalismo es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes de la Masonería. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad.

Esa religión-liberal tiene su culto, laico, el de la Diosa Razón, que fuera adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad; ese culto que hace imágenes que reemplazan a las de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta nueva religión tiene su calendario, sus gestas laicas, reemplazando a las de Dios con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad.

El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios.

Y tiene también su decálogo reemplazando al de Nuestro Señor, este es el de los derechos del hombre.

No más derechos para Dios. No más obligaciones para el hombre, sino los derechos para poder pecar, para elegir lo que quiera, para que todos respeten su conciencia.

Jesús en cambio, no dijo eso a sus apóstoles cuando les enseñó a predicar: “quien crea, y se convierta, se salvará, quien no crea se condenará”.

No les dijo que cada uno siguiera su conciencia, les dijo que enseñaran la Verdad y por esto ellos murieron mártires de la Verdad. No para que cada uno obrara según su conciencia, no para que les dijeran “hagan lo que quieran”.

Y, sin embargo, por desgracia… ese es el espíritu que domina hoy aún en el interior de la Iglesia católica.

Esta religión de liberalismo tiene también su política su organización: La Democracia.

El poder ya no procede de Dios sino del hombre, es él quien hace la ley.

La democracia se transforma rápidamente en socialismo y en comunismo; la mayor parte de las naciones que son democráticas se encuentran en esta situación, dirigidas por un poder socialista.

Más aún, se llega a la supresión de la propiedad privada, de la iniciativa privada. De ahora en más todo está en función del Estado, todo queda esclavizado: peor en los países comunistas donde esto se realiza por el imperio de la fuerza.

Todo esto procede de esta religión liberal; ella tiene, además, sus fuerzas. Sin duda ustedes lo saben mejor que yo, ya que no estoy enterado de los asuntos secretos de las bandas, pero es un hecho que tienen poder más o menos oculto, en las finanzas. ¿Qué o quién?, no se sabe, pero tienen todo el dinero del mundo y dominan las finanzas en todos los sectores de las ciudades; ese poder enorme que puede tranquilamente aniquilar una nación suprimiéndole los créditos —tienen el ejemplo aquí en los países de América— y a cambio de esos créditos exigen que, en estos países, se aplique la religión liberal.

Tienen así una fuerza asombrosa y un poder indudablemente diabólico.

Tienen también sus medios de comunicación que están todos en manos de la masonería. En Europa ya no existen periódicos católicos, no los hay ni en Italia ni en Francia ni en Suiza, todos están en manos de los poderes internacionales.

Ahora, finalmente, están en camino de instalar una Superreligión; tienen ustedes conocimiento de la reunión realizada en Asís el 27 de octubre pasado. Pues bien, no se trata de ésta como punto de partida de tal instalación, sino de una que la precediera, realizada el 29 de septiembre.

Yo mismo no lo sabía, para enterarme tuve que viajar a Roma en octubre pasado.

Es decir, un mes antes de la reunión de Asís que presidiera Juan Pablo II, se realizó otra reunión, también allí, presidida por el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, en la cual se hallaban las cinco grandes religiones de la tierra, dentro de la misma Basílica.

Salió esto en varios diarios italianos; allí figura el discurso pronunciado por el citado príncipe en aquella ocasión, dijo él: “Así se obtiene la gracia de tener unidas aquí las cinco grandes religiones de la tierra, al fin ya no hay tapujos, al fin se acaba una sola y única verdad religiosa y al fin se suprime el escándalo cristiano de aquel hombre que vivió hace 20 siglos y pretendió decir de sí mismo: soy el camino, la verdad y la vida”.

Y bien, ¿es o no una declaración contra Nuestro Señor Jesucristo?

Esto sucedió un mes antes en el mismo lugar en el que se realizaría el encuentro del Papa.

Podríamos decir que Roma no sabía de aquel encuentro; sin embargo bien que lo sabía. Así, ante el príncipe de Edimburgo, los jefes de las religiones y el Superior General de los Franciscanos, una bailarina hindú danzó a favor de la naturaleza, puesto que el encuentro era —justamente— en defensa de la naturaleza. El padre Superior dudó un momento ante esta realización de la danza pagana dentro de la Basílica y ante el altar de San Francisco y se remitió a Roma; y dicen los diarios que Roma un poco después respondió que “no tiene importancia”, “que se haga”.

Esto no es más que una etapa para llegar a la formación de esa SUPER RELIGIÓN; ya saben que el Papa fue invitado para el año próximo a Japón para la realización de lo que se llamará el parlamento de las religiones.

Esto no es más que la religión del liberalismo, esa religión que instala su voluntad, que instala su programa para reemplazar el de la verdadera religión católica, eso es algo abominable.

Tiene también, esta religión del liberalismo, sus condecoraciones. El mismo presidente Alfonsín salió en los diarios de Europa recibiendo de un grupo de judíos una condecoración de la libertad religiosa, por propender a la realización de las ideas liberales. Esa misma condecoración la recibió el cardenal Bea, aquel que insistió durante el Concilio para introducir la “libertad religiosa”, la libertad, no de Dios, sino de los derechos del hombre, de manos de la misma secta.

Es toda una organización, un verdadero complot, meditado, pensado punto por punto para destruir toda la cristiandad. Lo dijo bien S.S. León XIII, que el fin que interesaba a estas asociaciones era destruir las instituciones cristianas y particularmente, una contra la cual se encaminan: la familia.

Cada vez hay menos matrimonios en todo el mundo, inclusive en las mismas legislaciones se sostiene la unión libre; en muchos países son menores los impuestos a los concubinos que para quienes sostienen y tienen un verdadero matrimonio. Es el desorden completo.

Y ahora llegamos al momento principal, es el golpe maestro pensado por Satanás; introducir en la Iglesia esta falsa religión, sirviéndose de sus hombres —sobre todo los episcopados— para establecer la revolución liberal.

Aquí mismo en Argentina, tienen un ejemplo: lo supe al llegar, algunos obispos hicieron un esfuerzo en contra del divorcio declarando, acerca de los diputados que habían votado la ley favorablemente, que no podrían recibir la Comunión, pues bien, se los ha obligado a retractarse. ¿Qué hacían esos obispos? No hacían más que aplicar lo que está indicado en el Derecho Canónico.

Podrían preguntarse cuál es el espíritu que domina en Roma para que sea Roma quien obligue a los obispos a desdecirse. Es una situación verdaderamente asombrosa., inverosímil.

Esa infiltración en el seno de la Iglesia se realizó sobre todo después del Concilio Vaticano II; el mismo Cardenal Ratzinger en su libro “Teoría del principio teológico”, dice claramente que luego de los años sesenta hubo algo que cambió en el seno de la Iglesia católica, reconociendo ahora, principios que le son ajenos, que vienen de 1789, de la Revolución Francesa.

Esto dice abiertamente; inclusive, que el Vaticano II fue el golpe final, que a partir de él no se nombran más que obispos favorables a la revolución liberal. Vean por ejemplo en Chile, Brasil, Alemania, Suiza, Francia, Italia, todos esos obispos son liberales, pro-socialistas y hasta marxistas.

La revolución estaba instalada fuera y en contra de la Iglesia; ahora, por medio de sus hombres, se halla adentro y asistimos a su crucifixión. Ella sufre una verdadera pasión. Lo dijo el mismo Paulo VI, que asistimos a la autodemolición de la Iglesia. ¿Qué quería decir? La destrucción por los mismos hombres de la Iglesia.

Es clarísimo, como en Francia, Mitterrand pudo llegar al gobierno gracias a los obispos que entusiasmaron a los fieles para votarlo, para votar al socialismo. En cuanto fue nombrado presidente atacó con todas sus fuerzas las escuelas católicas, para estatizarlas, y no fueron los obispos quienes presentaron oposición, sino los fieles, que en número de dos millones llegaron a París para protestar contra la enseñanza libre. Los obispos no hicieron nada.

Ustedes deben tener en cuenta el encuentro de Asís del Papa, para nosotros, que tratamos de permanecer unidos a la Iglesia y a la Tradición, es indignante. Yo mismo le escribí a ocho cardenales para que por el amor de Dios, trataran de impedir que el Papa realizara el escándalo de Asís, ubicándose a un mismo nivel con las falsas religiones inventadas por el diablo, eso no es más que un horror y una abominación, y nosotros renegaríamos de nuestra fe católica si no nos indignáramos ante este nuevo escándalo.

Ni siquiera un cardenal levantó la voz en contra; sólo uno me respondió: “Yo no puedo hacer nada ya no me queda nada que hacer, que el Papa haga lo que quiera”.

El Cardenal Arzobispo de Burdeos, Monseñor González, cuando yo estaba en España a comienzos de este mes, publicó un artículo en que sostenía que el “encuentro” era una cosa muy buena. Esto es enceguecimiento, como dice la Escritura: “Tienen ojos y no ven”.

Ante esto nos encontramos. Debemos, entonces, reagruparnos, como verdaderos católicos, en torno a los altares. Altares católicos y no esas mesas de comunión. Altares del verdadero Sacrificio, junto a los verdaderos sacerdotes, verdaderos obispos, verdadera doctrina, verdadera Religión, para asistir a la verdadera Misa católica.

Es el altar el tesoro de la Iglesia. El sacrificio de Nuestro Señor es lo más hermoso, lo más grande, lo más sublime que Él nos dejara. Debemos reencontrarnos ahí, en esos altares, para reconstruir la Cristiandad.

Todas las gracias proceden de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias que han hecho muchos mártires por Dios, que le han dado a la Cristiandad el espíritu misionero. Si queremos entonces, decía, reconstruir la Cristiandad, debemos Adorarle en esos altares y para tenerlos, necesitamos sacerdotes […]

Debemos hacer familias cristianas, es a través de ellas de donde proceden las vocaciones. Familias numerosas, unidas, donde se reza en común, donde se dan ejemplos, donde reina la modestia y las virtudes cristianas.

Nosotros queremos volver a proclamar a Nuestro Señor como Rey; no queremos otro Rey más que Él. El Reino Universal, no solamente en nuestras familias sino también en nuestras ciudades; el Reino de Nuestro Señor como fue predicado durante siglos. Que podamos decir: “Más vale morir que traicionarlo”.

Gracias por vuestra atención.

¡Viva Cristo Rey!

Importancia de la fe (I parte)

I. El Evangelio es una buena noticia, la revelación debe conservarse y trasmitirse íntegramente.
La palabra “Evangelio”, proviene del griego, y significa “buenas noticias”. Buenas noticias fueron las que Jesucristo predicó al pueblo de Israel hace casi 2000 años, anunciando la llegada del Reino de Dios a la humanidad, siendo Él mismo el Verbo, la Palabra divina, que mayormente manifiesta la Voluntad benéfica y gozosa del Padre hacia todos los hombres y mujeres.
El Evangelio, tanto en su parte de negación (pautas morales y espirituales que nos prohíben ciertos actos, palabras y pensamientos) como en su parte propositiva (aquello que estamos llamados a cumplir y procurar para nosotros, para los demás y para Dios) ES SIEMPRE UNA BUENA NOTICIA, porque nos orienta a conseguir, a ser capaces de un fin único e inestimable: la vida eterna. Nos ofrece como noticia gozosa que el ser humano REALMENTE ES CAPAX DEI, CAPAZ DE DIOS, porque es amado por Él de una manera especial, de tal forma que Dios mismo decide encarnarse y hacerse hombre para redimir al hombre y restituirlo a su condición primigenia de gracia, y además, para reorientar el fin de la humanidad, reconciliándola con el Padre y satisfaciendo la divina justicia, honrando con Su sacrificio al Padre de una manera sobreabundante e infinita.
Desde el ministerio de Jesús cuando habitó entre nosotros, como Verbo encarnado, cumpliendo siempre y en todo la Voluntad de Dios Padre, hasta nuestros días, el Evangelio nunca ha dejado de ser proclamado en la Iglesia de Dios, primero en medio de los judíos que reconocieron al Mesías, y posteriormente los gentiles y circuncisos que adhirieron a las enseñanzas de aquellos que fueron puestos por Cristo como maestros y continuadores de su ministerio en la tierra. Ese Evangelio, esa Buena Noticia, aunque se le ha garantizado que perdurará y se conservará hasta la consumación de los siglos, sin embargo, en diversas épocas ha sido oscurecida, ha sido tergiversada por personas que por ignorancia o por soberbia, han trastocado el mensaje original confiado a ser trasmitido íntegramente para beneficio de la humanidad y gloria de Dios.
La fe es un don de orden sobrenatural. Es una gracia. No depende del grado de inteligencia que alguien llegue a tener, ni tampoco de ningún clase de mérito personal. Ciertamente, hay actitudes y elementos que predisponen, abren terreno para que la semilla de la fe germine en un alma, como por ejemplo, la humildad, un corazón sencillo, la apertura a remontarse por medio de la contemplación de las cosas creadas a realidades que exceden al mundo regido por los sentidos y la razón sola. Pero, en última instancia, al no provenir de ingenio ni artificio humano la fe, lo que le compete es prepararle acogida, pedirla si no la tiene, abrazarla una vez recibida, y poner todos los medios de que dispone para conservarla, principalmente por la oración, los sacramentos y la lectura teológica y espiritual, sin olvidar que una fe que se queda en un plano meramente intelectual, pero que no fructifica en obras derivadas de tal fe, es muerta y no conduce a la trascendencia, hasta que vaya acompañada de la reina de las virtudes, la caridad.
Si entendemos la importancia de la fe, que es la adhesión de nuestra inteligencia a las verdades reveladas por Dios por medio de la Iglesia, si comprendemos que la fe, por tanto, es la puerta que nos inicia en la vivencia del mundo espiritual al revelarnos las verdades eternas que no podríamos conocer por medio del ejercicio de nuestra sola razón, entonces, nos sentimos consecuentemente inclinados a buscar, si es que somos coherentes y serios, que el depósito de la fe revelada, confiado a la Iglesia, sea custodiado íntegramente, y también, nos interesará e importará sobremanera que NO SEA CONTAMINADO, MENOSACABADO, TERGIVERSADO, DISMINUIDO, OCULTADO NI PUESTO EN TELA DE JUICIO COMO SI SE TRATARA DE HIPÓTESIS O DOCTRINAS MERAMENTE HUMANAS Y POR LO TANTO, SUJETAS A LA POSIBILIDAD DE ERROR.
¿Qué es lo que se tiene que hacer para transmitir fielmente ese depósito de la fe? Principalmente, ENTREGARLO TAL CUAL SE HA RECIBIDO. Ese será el mérito de la Iglesia, su deber: custodiar con fidelidad lo que se le ha confiado. Del amor y esmero con que se conserve la divina revelación, fuente de vida para todos, dependerá en mucho el crecimiento espiritual del mundo, o por el contrario, la extensión del reino de las tinieblas de la ignorancia espiritual y de la malicia. Hay muchas opiniones, doctrinas y supuestas revelaciones de parte de Dios en todo el mundo. Eso, tanto creyentes como no creyentes serios en ambos casos, es considerado como un grave mal para la humanidad. Es evidente que no todos pueden estar en la verdad, predicando conceptos y “revelaciones” que se contradicen en varios puntos. De no existir una revelación divina, y de no estar ésta custodiada por una institución encargada de propagarla, no existiría la posibilidad para que el ser humano conociera los misterios del mundo celestial, ni su origen como ente creado, ni su fin último, ni los atributos de Dios trascendente. Todo se reduciría a una sucesión de ideas, aproximaciones e hipótesis, más o menos acertadas o erradas, sobre las realidades eternas, dependiendo de la inteligencia y capacidades de los pueblos y de personas prominentes de ellos. Todo se reduciría a una mezcla desigual de luz y oscuridad, verdad y error, bien y mal, sin posibilidad de discernimiento entre ello. Las discusiones se multiplicarían al infinito, los fundadores de sectas y religiones se extenderían incansablemente, pero…SIN LA REVELACIÓN, SIN LA INICIATIVA DE DIOS DE DARSE A CONOCER POR LA HUMANIDAD, NUNCA NINGUNA PERSONA NI COLECTIVO ALGUNO PODRÍA ARRIBAR A LA CERTEZA ABSOLUTA DE SER PLENAMENTE CIERTAS Y BUENAS AQUELLAS COSAS QUE PROFESAN Y PRACTICAN.
Roberto López

LA EVOLUCIÓN: UNA SUPERSTICIÓN QUE SE DERRUMBA (Dr. Raul Leguizamón)

«Creo que algún día el mito darwinista será considerado como el más grande engaño en la historia de la ciencia». Soren Lovtrup

Como todo el mundo sabe, la hipótesis evolucionista-darwinista postula que todos los seres vivos, vegetales y animales –incluido el hombre– se habrían originado a partir de una, o unas pocas, formas vivientes originales, por transformaciones sucesivas –lentas y graduales– en el curso de millones de años, gracias a modificaciones producidas al azar en la información genética (mutaciones), sumadas a la acción de la selección natural.

Desde la bacteria al hombre, digamos, sin solución de continuidad.

Ahora bien, si esto fuera cierto, como nos enseñan desde la cuna hasta la tumba, la primera predicción que uno haría a partir de esta hipótesis es que deberían existir innumerables formas de transición entre todos los seres vivientes. Una suerte de abanico sin fisuras que conectara todas las especies vegetales y animales. De hecho, no habría especies.

Toda la taxonomía, es decir, las clasificaciones de los seres vivos (tipo, clase, orden, etc.) que realizan los naturalistas se basa, precisamente, en que hay especies y hay espacios. Es decir, que existen seres que podemos agrupar según ciertas semejanzas morfológicas o moleculares, y brechas o espacios vacíos que permiten dicha agrupación. En otras palabras, que no existen los seres intermedios que llenarían dichos espacios.

Naturalmente, dicen los científicos darwinistas. Lo que sucede es que esos seres intermedios eran “poco aptos” para la lucha por la existencia y no sobrevivieron.

Pero, ¿quiere decir entonces que alguna vez existieron?

¡Por supuesto! Toda la hipótesis darwinista depende de eso. Y ahí están los restos fósiles que demuestran su existencia en el remoto pasado.

Cabe señalar que en este asunto de los fósiles, los darwinistas han resultado ser mucho más darwinistas que el propio Darwin, porque si éste dedicó todo un capítulo de El Origen de las Especies al tema de los fósiles, no fue ciertamente porque estos demostraban la existencia de seres intermedios en el pasado sino justamente porque no los demostraban.

En otras palabras, no escapó al agudo ojo de Darwin que el registro fósil estaba en franca contradicción con su hipótesis. Pero zafó, diciendo que ello era debido a la imperfección del registro fósil. Para luego agregar que estos fósiles intermedios serían ciertamente encontrados en el futuro.

Pues bien, han pasado más de 150 años desde aquella predicción y millones de fósiles abarrotan los museos de ciencias naturales de todo el mundo. Millones de fósiles representativos de aproximadamente 250.000 especies han sido minuciosamente estudiados y clasificados en sus respectivos grupos taxonómicos, y, sin embargo, el testimonio unánime de la Paleontología es que los fósiles intermedios –postulados por la hipótesis evolucionista– son tan conspicuos por su ausencia hoy como lo eran en la época de Darwin.

Permítaseme insistir en este punto, pues la propaganda evolucionista ha sido y es tan abrumadora, que ha creado una verdadera “realidad virtual”, hasta el punto que la inmensa mayoría de las personas no especializadas y muchas de las especializadas, asocian inconscientemente fósiles con evolución, en el sentido de pensar que los fósiles constituyen uno de los fundamentos más sólidos de esta teoría, cuando es exactamente lo contrario. El registro fósil no sólo no demuestra la teoría evolucionista, sino que constituye su más categórica refutación.

George Gaylord Simpson, uno de los grandes líderes del evolucionismo en el siglo XX, decía: «Sigue siendo cierto, como todo paleontólogo sabe, que la mayoría de las nuevas especies, géneros y familias, y prácticamente todas las categorías por encima del nivel de las familias, aparecen en el registro fósil súbitamente y no se derivan de otras, por secuencias de transición graduales y continuas» [1]

David Kitts, paleontólogo de la Universidad de Oklahoma y discípulo de Simpson, expresa que: «A pesar de la brillante promesa de que la paleontología proporciona el medio de ‘ver’ la evolución, ha presentado algunas desagradables dificultades para los evolucionistas, la más notoria de las cuales es la presencia de ‘brechas’ en el registro fósil. La evolución requiere formas intermedias, y la paleontología no las proporciona». [2]

Steven Stanley, paleontólogo de la John Hopkins, dice que:

«El registro fósil conocido no puede documentar un solo ejemplo de evolución filética que verifique una sola transición morfológica importante» [3]

¡Un solo ejemplo! Debería haber millones.

Tom Kemp, que es el Curador del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford, expresa que:

«Como es ahora bien conocido, la mayoría de las especies fósiles aparecen instantáneamente en el registro fósil, persisten por millones de años virtualmente inalteradas, y desaparecen abruptamente» [4]

David Raup, que es el Jefe del Departamento de Paleontología del Museo Field de Historia Natural de Chicago donde se alberga la colección de fósiles más grande del mundo, por su parte, en un memorable artículo escrito en 1979 en el boletín del museo, titulado “Conflicts Between Darwin and Paleontology”, luego de expresar que la gente está en un error cuando cree que los fósiles constituyen un argumento en favor del evolucionismo, y luego de insistir en la definitiva ausencia de fósiles intermedios, dice que “irónicamente hoy tenemos menos ejemplos de formas de transición que en la época de Darwin”. [5]

La ironía de Raup se refiere, entre otros, al caso del famoso Archeoptéryx, mostrado durante varios años como un ser de transición entre los reptiles y las aves, y aceptado hoy como verdadera ave, y también a la no menos famosa –y fantasiosa– serie de la “evolución del caballo”, que ya ni los mismos evolucionistas se atreven a mencionar.

Como vemos, no sólo está sólidamente documentada la aparición y desaparición abrupta de las especies fósiles, sin formas de transición que los conecten, como así también la inexistencia de estructuras “nacientes” (esbozos de órganos), que debieran necesariamente existir, sino que además el registro fósil nos demuestra categóricamente la “estasis” de las especies, es decir, la completa ausencia de cambios significativos en los fósiles durante millones y millones de años.

Vale decir que no sólo la presencia de organismos intermedios está refutada sino que la ausencia de cambios está demostrada.

En vista de esta realidad –no cuestionada por ningún paleontólogo– es sencillamente increíble que todavía se nos diga que los fósiles constituyen una evidencia en favor de la evolución.

Pero veamos lo que sostiene nada menos Niles Eldredge, paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural de New York, que es más increíble todavía. Dice Eldredge:

«Nosotros, los paleontólogos, hemos dicho que la historia de la vida (evidenciada por los fósiles) respalda (el argumento del cambio adaptativo gradual) sabiendo todo el tiempo que no era así». [6]

¡“Sabiendo todo el tiempo que no era así”! ¿Cómo se explica esto?

Eldredge refiere que ello se debe, en primer lugar, al hecho de que en este tema se haya buscado siempre “evidencia positiva” (formas de transición), y que la estasis (ausencia de cambios) haya sido considerada no como evidencia negativa sino como ausencia de evidencia –es decir, como un fracaso para encontrarla– y también, definitivamente, al problema que representa la obtención de un doctorado en paleontología, debido a la coacción de la comunidad académica en favor del evolucionismo.

Muchos darwinistas, con una fe que no conoce de flaquezas, insisten en que Darwin proveerá, y que los fósiles intermedios algún bendito día aparecerán. Todo es cuestión de seguir cavando…

Otros, ante la inminencia del naufragio, han optado por abandonar el barco que se hunde y no hablan más de los fósiles. Algunos, como Mark Ridley –profesor de Zoología en Oxford– llegan incluso a decir que «ningún verdadero evolucionista se vale del registro fósil como evidencia a favor de la teoría de la evolución» (!) [7]

Y otros, finalmente, como Stephen Jay Gould, Niles Eldredge y Steven Stanley, ante la obvia y categórica ausencia de fósiles intermedios (no sólo no hallados sino, además, imposibles de concebir), han optado por reformular la hipótesis darwinista del cambio gradual por la hipótesis del cambio brusco o saltatorio, que llaman «teoría del equilibrio puntuado».

En realidad, dicen estos autores, no es que los fósiles intermedios no hayan sido encontrados sino que ¡jamás existieron! Vale decir, que las especies se habrían transformado bruscamente en otras, sin series graduales de transición. [8]

Lo cual demuestra una vez más el carácter esencialmente dialéctico y no empírico de la hipótesis evolucionista.

Ya que si uno le pregunta a cualquier darwinista de estricta observancia, porqué no vemos las especies transformarse, nos responderá que ello se debe a que dicha transformación es un fenómeno muy lento. Pero ahora, los propugnadores del equilibrio puntuado (sin dejar de asumirse como fieles darwinistas) nos dicen que los fósiles intermedios no existieron, justamente porque dicha transformación fue un fenómeno muy rápido (!)

Es decir, que no importa cual sea la evidencia (empírica), la hipótesis darwinista siempre tiene alguna explicación (dialéctica).

Y ésta es precisamente la mejor demostración de que no se trata de una teoría científica.

“Explica” cualquier cosa, como diría Popper.

No por nada, el Dr. Cyril Darlington –profesor hasta su muerte en Oxford y un conocido experto en el tema– ha dicho que: «El darwinismo comenzó como una teoría que podía explicar la evolución por medio de la selección natural, y terminó como una teoría que puede explicar la evolución como a uno mejor le guste». [9]

Es cierto que los autores arriba citados (Gould, Eldredge) son considerados un tanto “heréticos” por los darwinistas clásicos (y lo son, efectivamente, por cuanto Darwin consideraba el gradualismo como algo absolutamente esencial para su teoría). Pero, ¿y qué proponen estos últimos para explicar la ausencia de fósiles intermedios? ¿Seguir cavando, acaso? ¿O seguir afirmando lo que saben que no es cierto?

Vale la pena destacar que Gould y compañía han propuesto la teoría del equilibrio puntuado forzados por la necesidad de tener que explicar de alguna forma la ausencia de fósiles intermedios, ya que, de haberse encontrado dichos fósiles, jamás se hubiera propuesto esta hipótesis.

De manera que, para estos autores, la evidencia para su hipótesis sería una ausencia de evidencia (!)

Evidencia es lo que se ve. Pero en este caso es, justamente, lo que no se ve.

Mucho me temo que si seguimos a este paso vamos a terminar todos en un manicomio.

Y esto sucede porque la génesis del darwinismo no radica primariamente en la Biología sino en la Sociología. No es una teoría empírica sino dialéctica. No se basa en la experimentación sino en la especulación.

No es una inducción nacida de la observación sino una deducción basada en una cosmovisión.

Es la visión malthusiana extendida a toda la naturaleza. O, para decirlo con mayor exactitud, es la proyección sobre esta última del “sistema manchesteriano”, producto de la cosmovisión liberal del “laissez-faire”, esto es, del capitalismo competitivo y salvaje. Como lo han señalado ya Spengler, Nietzsche, Gould, Eldredge, S. Barnett, Von Bertalanffy, John M. Smith, Marx, Engels, Bernard Shaw, Arthur Koestler, Loren Eiseley, Fred Hoyle , C. C. Gillespie, y tantísimos otros.

Una visión utilitarista, mezquina, materialista y gris de la naturaleza, cuando en ella predomina justamente lo contrario: la prodigalidad –llevada hasta el despilfarro– la cooperación, la abundancia, la armonía, la belleza.

Visión que ha retardado el progreso de la Biología, al igual que ha producido una declinación de la integridad científica –reemplazando el rigor de la especulación científica por la divagación irresponsable, cuando no por el fraude liso y llano. Y, lo que es más grave aún, que ha hecho perder el sentido del asombro ante las maravillas de la naturaleza, y el sentido de la reverencia ante el misterio.

Visión estéril y esterilizante que ha degradado –intelectual, moral y estéticamente- al hombre, y que ya va siendo hora de que sea arrojada al cajón de los desperdicios históricos, para que las nuevas generaciones puedan crecer libres del prejuicio darwinista y recuperar el sentido de la verdadera Ciencia –como conocimiento por sus causas– frente a la pseudociencia darwinista, que pretende que todo diseño, toda armonía, toda perfección, toda belleza, es un producto ciego del azar y de la lucha despiadada por la satisfacción de nuestros instintos por el sexo y la pitanza.

1- G. G. Simpson, The Major Features of Evolution,ColumbiaU. Press, 1953, p. 360

2- David Kitts, «Paleontology and Evolutionary Theory», Evolution, 28: 467, 1974.

3- Steven Stanley, Macroevolution: Pattern and Process, Freeman and Co. San Francisco, 1979.

4- Tom Kemp, New Scientist, Vol. 108, Diciembre 5, 1985, p. 67.

5- David Raup, Bulletin, 50 (1): 25, 1979.

6- Niles Eldredge, Time Frames, Heineman, 1986, p. 144.

7- Mark Ridley, New Scientist, Vol. 90 (Junio 25, 1981), p. 831.

8- S. J. Gould y Niles Elredge, Paleobiology, Junio-Julio, 1977.

9- C. D. Darlington, The Origin of Darwinism, Scie. Am. Mayo de 1959, 200:5, p. 60.

Avisos teresianos para la perpetuidad religiosa

Cuando el Concilio Vaticano II se propuse hacer un aggiornamiento de toda la Iglesia, no quedó incólume ningún cimiento católico que no se haya trastocado –en el mejor de los casos-. Es así que el decreto conciliar Perfectae Caritatis se propuso realizar una renovación de la vida religiosa; teniendo “en si” el documento aspectos salvables, el conjunto, liberal y revolucionario, del resto de decretos y constituciones conciliares sembró el espíritu de los mismos, y por tanto la vida religiosa como tal sufrió una grave y profunda herida que lastimo sensiblemente el testimonio de la santidad en el
mundo.

Asi, con la misa nueva, la nueva teología (patrocinada por Karl Rahner y varios teólogos precedentemente censurados antes de Juan XXIII) la liturgia nueva, los nuevos ritos sacramentales y “las nuevas comunidades” se creó una concepción distinta de los votos evangélicos y del seguimiento mas perfecto que de Cristo se tenía en el estado regular. Entonces ya no fue necesario el vivir una vida de pobreza radical sino un “desapego de los bienes materiales sin necesidad abandonarlos”, y la obediencia se convirtió en “una propuesta reflexiva en común acuerdo entre el superior y el religioso”, y de la castidad está de mas decir (véase los vergonzantes escándalos de abuso por parte de religiosos modernizados por el concilio que canonizo su forma liberal de vida).

Hoy se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús, fundadora de la rama “descalza” la
orden Carmelita, que buscaba la perfección en el seguimiento de los votos evangélicos a través de un seguimiento mas auténtico de la regla primitiva y espíritu de las primeras constituciones de los ermitaños carmelitas. Todos recordamos a Santa Teresa de Jesús por su profundidad espiritual y trato de oración, y realizó una audaz fundación de monasterios femeninos personalmente, con los apoyos de un reducido grupo de amistades que le permitió materializar el Carmelo sin relajación y ninguna enajenación de la regla en el Siglo de Oro español. El fenómeno de la descalces no es mas que un intento de reforma de varias órdenes para detener la relajación de costumbres en la vida religiosa y el desapego al deseo fundacional impuesto en un inicio, ese don de la observancia regular lo tuvo la humanidad hasta la reforma conciliar de los años 70, salvo contadas excepciones.

Santa Teresa -luego de haber fundado la rama femenina- encargó a San Juan de la Cruz la fundación masculina según el modelo de los monasterios femeninos previamente observados por el santo. A ellos, a sus «descalzos», les legó cuatro avisos, que son proféticos para la historia de la orden de carmelitas y para el devenir de la Iglesia, y en época de apostasía entre los religiosos –otrora fieles defensores de la ortodoxia- cito a la doctora mística para que sus palabras suenen con fuerza en
los resquicios de santidad en el mundo.

{se abre cita textual – Libro de Relaciones, cap. 67}

Estando en San José de Avila, víspera de Pascua del Espíritu Santo, en la ermita de Nazaret, considerando en una grandísima merced que nuestro Señor me había hecho en tal día como éste, veinte años había, poco más o menos, me comenzó un ímpetu y hervor grande de espíritu, que me hizo suspender. En este gran recogimiento entendí de nuestro Señor lo que ahora diré:

Que dijese a estos Padres Descalzos de su parte que procurasen guardar esas cuatro cosas, y que mientras las guardasen siempre iría en más crecimiento esta religión, y cuando en ellas faltasen entendiesen que iban menoscabando de su principio. La primera, que las cabezas estuviesen conformes. La segunda, que aunque tuviesen muchas casas, en cada una hubiese pocos frailes. La tercera, que tratasen poco con seglares, y esto para bien de sus almas. La cuarta, que enseñasen más con obras que con palabras.

Esto fue año de 1579. Y porque es gran verdad, lo firmo de mi nombre.

Teresa de Jesús

{fin de la cita}

Fiesta de Santa Teresa de Jesús 2011, Exurge Domine!

Roberto Guillén

¿Dónde estás, homínido de mi vida, que no te puedo encontrar?

La Antropología, aunque usted no lo crea lector, es el estudio del hombre. Valga la aclaración ya que, si uno hojea cualquier libro de Antropología física (origen del hombre), todo lo que va a encontrar son ilustraciones de monos. Monos comiendo, monos  durmiendo, monos amamantando, monos…, etc.

Y esto es así porque desde que apareció la hipótesis darwinista, que habría transformado al mundo científico en la ciudadela de la estupidez y la ceguera –si hemos de tomar en serio lo que decía Bernard Shaw– la Antropología dejó de ser la ciencia del estudio del hombre para convertirse en la pseudociencia del estudio del origen del hombre a partir de los antropoides, esto es, de los grandes monos (chimpancé, gorila, orangután), que serían, de acuerdo a la hipótesis darwinista, nuestros parientes más próximos.

Nuestros parientes y nuestros antepasados.

¿Nuestros antepasados?  Sí, señor.

Pero, acaso, ¿no es que descendemos de un “antecesor común” que habría dado origen a los monos y al hombre? Efectivamente. Pero este sedicente “antecesor común” –de acuerdo a la hipótesis darwinista– no es ni puede ser otra cosa que un mono. No necesariamente idéntico a los monos actuales, pero mono al fin.

«El antecesor común sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese», afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. «Los antepasados del hombre eran monos»… «Es pusilánime, si no deshonesto, decir otra cosa», agregaba Simpson. [1]

Es deshonesto, agrego yo.

El que habla del supuesto “antecesor común” como de algo que no fuera un mono, o no sabe lo que dice o no dice lo que sabe.

Ahora bien, un mono parece que no puede transformarse directamente en un hombre. Usted toma un mono, por ej., lo baña, lo afeita, lo viste a la moda, le enseña todos los vicios, lo envía a la Sorbona, pero no hay caso. El mono de usted –con admirable sentido de la prudencia– no quiere saber nada de hacerse hombre. Para que esto ocurra, el mono debe ser transformado, por el medio ambiente, en “homínido”. Esto es, un ser intermedio entre el mono y el hombre, que ya no existe, según dicen, pero que en un tiempo, allá hace muchos años, parece que sí.

El susodicho “homínido”, luego de engendrar al hombre, habría desaparecido, y nadie tiene la más remota idea de porqué. Pero mucho me temo que lo habrá hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que le endilgan haber engendrado. La oveja negra de la familia, verdaderamente. Sólo sabemos de su existencia a través de sus restos fósiles.

¿Quiere decir entonces que se han encontrado verdaderos fósiles de homínidos?

¿Que si se han encontrado fósiles de homínidos? ¡Miles, lector! Todos los mese se encuentra uno.

Quizá esta afirmación resulte un tanto sorprendente, ya que lo que habitualmente se lee o escucha en este tema es que los fósiles de homínidos constituyen un material “sumamente escaso”, que “apenas cubrirían una mesa de billar”, que “cabría todo dentro de un cofre”, y que patatín y que patatán.

Lo que sucede es que en este tema también existe doble discurso, propiedad, ¡helas!, no exclusiva de políticos.

Cuando algunos antropólogos hablan de que los fósiles de homínidos serían sumamente escasos, lo que en realidad quieren decir es que son sumamente escasos los fósiles de homínidos que encajan en la hipótesis darwinista.

Pero que los restos fósiles de “homínidos” sean, en sí mismos, “sumamente escasos”, es totalmente falso. Se calcula en aproximadamente 6.000 (!) la cantidad de “homínidos” descubiertos a la fecha. [2]

Lo que sucede es que luego de una rigurosa selección, y no precisamente “natural”, algunos de estos restos –previo intenso “maquillaje” y adecuada manipulación de los datos cronológicos– pueden ser encajados en el esquema evolucionista. Y éstos son los que se publicitan. Con bombos y platillos. Los otros, los que no encajan, son sepultados en una impenetrable tumba de silencio.

En otras palabras: muchos son los hallados y pocos los escogidos…

Es cierto que después de un análisis más o menos riguroso de cualquiera de estos homínidos “respetables”, se comprueba, indefectiblemente, que en realidad se trataba o de un mono (la inmensa mayoría) o de un hombre, o de un “blooper” o de un fraude.

Claro que a veces pasan décadas antes de que esto suceda (100 años en el caso del Hombre de Neandertal; 40 en el fraude de Piltdown), y mientras tanto su descubridor ha adquirido fama, posición académica, fondos de la National Geographic, etc. Su futuro está asegurado, y el origen simiesco del hombre, “demostrado”.

Además, los resultados del estudio sistemático de los supuestos homínidos –a cargo de antropólogos serios– no son generalmente publicitados; aparecen varios años después del hallazgo (y ya nadie se acuerda), y, de todas maneras, seguramente en el ínterin ya habrá sido encontrado otro homínido, también “respetable”, para distraer la atención de la gente y seguir aportando elementos apologéticos en defensa de la fe darwinista.

Dije arriba que un homínido era un ser “intermedio” entre el mono y el hombre. Me rectifico.

Al menos desde el punto de vista del “marketing”, un “homínido” es cualquier cosa que  un antropólogo audaz bautice como tal. Tanto da que sea un Homo Sapiens (como el H. de Neandertal), un mono (como el Ramapiteco o Lucy), el cráneo de un borrico (el “Hombre de Orce”) [3], el fémur de un cocodrilo [4] o la costilla de un delfín [5].

Quizá uno de los ejemplos más rotundos de los estragos que suele ocasionar la hipótesis darwinista en el cerebro de los Homo Sapiens, sea el famoso «Hombre de Nebraska», creado en 1922 en base a una muela (!). En base a esta “evidencia”, que algunos escépticos -que nunca faltan- consideraron un tanto escasa, se creó este tipo “humano” (hábitos laborales, matrimoniales e indumentaria incluidos) para descubrirse luego –cinco años más tarde– que el molar en cuestión no pertenecía a un hombre ni tampoco a un mono, sino a un pecarí extinguido. [6]

No se asombre demasiado, lector. En los 40 años que transcurrieron antes que se demostrara el carácter fraudulento del «Hombre de Piltdown», se dice que se escribieron unas 500 sesudas tesis doctorales sobre este “homínido”.

Y estas cosas suceden porque el estudio de los supuestos antepasados fósiles del hombre no es ciencia. Es sólo la búsqueda ferviente de “pruebas” para demostrar la hipótesis –previamente aceptada– del origen simiesco del hombre. Esto es, primero se acepta –por razones filosóficas– la hipótesis, y luego se buscan los fósiles necesarios  para  “demostrarla”.

Y ya sabemos que el que busca, encuentra. O inventa.

Por cierto que todo esto es sumamente divertido, y ocasión por demás propicia para ocupar las horas de ocio… y también para olvidar las penas de este valle de lágrimas.

A condición, insisto, de no confundirlo con ciencia.

Porque esto no es ciencia. Es chapuza.

Dr. Raúl Leguizamón

1- George Gaylord Simpson, «The World into which Darwin led us», Science, Vol, 131, 1 de abril de 1969,  p. 969

2- Catalogue of Fossil Hominids. K. Oakley, B. Campbell and T. Molleson, published by the British Museum. 1976.

3- http://espanol.geocities.com/kolodion/articulo13.pdf

4- I. Anderson, «Humanoid Collarbone Exposed as Dolphin’s Rib», New Scientist, April 28, 1983, p. 199.

5- Ibíd.

6- William Gregory, «Hesperopithecus Apparently Not an Ape nor a Man», Science, Vol. 66, Nº 1720 diciembre 16, 1927), p. 579, citado por B. Davidheiser, Evolution and Christian Faith, Baker Book House, Michigan, 1969), p. 348.

 

 

Santa Margarita María Alacoque

Fue una religiosa que perteneció a la Orden de la Visitación de Santa María.

Nació el 22 de julio de 1647 en la pequeña aldea Francesa de Hautecour, perteneciente al territorio de Verosvres, pequeña ciudad cercana a Paray le Monial. Recibió el Bautismo el 25 de julio. Era la quinta hija de 7 hermanos.

Luego de fallecer su padre, fue internada en el pensionado de las Religiosas Clarisas. Desde entonces empezó a vivir una vida de sufrimiento que supo encausar hacia el Amor de Dios: “Sufriendo entiendo mejor a Aquél que ha sufrido por nosotros”, decía.

Tuvo una enfermedad que la inmovilizó y de la que se curó milagrosamente por intercesión de la Virgen María: “La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a Ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros…”

El 20 de junio de 1671 entró al convento del Monasterio de la Visitación de Paray le Monial.

En la festividad de San Juan evangelista de 1673, sor Margarita María, que tenía 25 años, estaba en adoración ante el Santísimo Sacramento. En ese momento tuvo el privilegio particular de la primera de las manifestaciones visibles de Jesús que se repetirían durante dos años más, todos los primeros viernes de mes.

En 1675, durante la octava del Corpus Christi, Jesús se le manifestó con el corazón abierto, y señalando con la mano su corazón, exclamó: “He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.”

Las extraordinarias visiones con que fue favorecida le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta cuando, por disposición divina, fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicias, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y los mismos opositores de un tiempo se convirtieron en fervorosos propagandistas. Murió a los 43 años de edad, el 17 de octubre de 1690.

Unos dos o tres meses después de la primera aparición, se produjo la segunda gran revelación. Escribe Margarita:

“El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, mas brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior…

…la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en el la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión.”

“Me hizo ver, ” continúa Margarita, “que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en el, su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción.”

El Santo Rosario

 Por Félix Sarda y Salvany, Pbro,  Ano Sacro , Barcelona, 1954 tomo II

 ¡El Rosario! ¿Hay cosa más vulgar? ¿Qué se puede decir sobre  él que no se le haya ocurrido ya a todo el mundo? Y sin embargo, puede que sean pocos los que hayan parado a examinar detenidamente el qué  y el cómo y el por qué de esa devoción que rezan todos los días, y de esa cadenilla con  granos engarzados de diez en diez que traen en el bolsillo. ¿Acaso no es frecuente que lo que más familiarmente usamos y tratamos es lo que menos a fondo hemos cuidado de estudiar?

 Mil veces se ha hecho observar que el Santo Rosario es una fórmula de oración en que  están como entretejidos el rezo y la meditación: el rezo por medio de los Padrenuestros, Avemarías y Glorias, que se repiten por decenas: la meditación por medio del paso o misterio que se propone en cada decena a la consideración del cristiano.

Esto solo recomienda ya de buenas a primeras esta devoción, porque, ¿qué cosa hay más excelente que la meditación, principalmente de la vida de Cristo y de su Madre Santísima?, ¿y qué rezo hay más precioso que el de las oraciones dichas, en cuyas breves frases, todas de excelso origen, se encierra el meollo y sustancia de cuanto puedan decir los libros más elocuentes?

Más hay aún otra consideración, y es la siguiente:

¿Qué rezaría la gran masa del pueblo fiel si no tuviese tan a mano esa tan familiar devoción del Santo Rosario? Una devoción para la clase general del pueblo debe ser sencilla, breve, llana de entender y fácil de practicar, adaptada a grandes y a pequeños, que ni a aquéllos parezca vulgar, ni a estos incomprensible. Estoy discurriendo qué fórmulas de oraciones se podrían inventar que a una satisficiesen tantas necesidades, y no me ocurre que se pueda inventar otra que la que está ya inventada. El Santo Rosario.

Porque vamos al caso. Decirle a la generalidad de los fieles: “medita y contempla”, es cosa muy vaga y que pocos querrán practicar. Largos ratos de silenciosa oración mental son poco a propósito para la mayoría de las gentes, que suelen vivir atareadas y distraídas entre los mil ruidos y desazones del mundo. Y, no obstante, es cierto que no puede haber perfecto cristiano sin su poca o mucha meditación. El Santo Rosario allana esta dificultad, dando como desmenuzada  y hecha partijas de fácil masticación la materia de las más elevadas contemplaciones. A sorbos, como quien dice, le va dando al espíritu este celestial alimento. Envuelta en la fácil comida de la oración vocal le da sin advertirlo la otra más sutil de la oración mental y consideración, para que la traguen así, casi sin pensarlo, hasta los más desganados. Querer persuadirles a ciertas personas que dediquen veinte minutos a la contemplación de una verdad cualquiera, será pretender lo imposible. Dársela en cinco o quince tomas con el intermedio y afectuoso acompañamiento de unas breves oraciones vocales, es cosa ya más hacedera y con la cual se puede llegar a conseguir igual resultado. En efecto. El que ha rezado bien una parte del Santo Rosario, es decir con la debida reflexión sobre cada misterio, puede decir con toda seguridad que ha hecho un buen rato de oración mental y de piadosa contemplación.

Pues, por lo que toca a la misma oración vocal, ¿hay medio por ventura de hacerla más fácil más sabrosa? ¿Qué le diréis al pueblo? ¿Lee? No, porque, o no sabe leer, o aunque sepa se podrá decir a muchos aquello que al tesorero de la reina de Etiopía decía un apóstol: “¿Entiendes lo que lees?” Que es lo que exactamente nos ocurre muchas veces cuando vemos a ciertas pobres gentes en la iglesia deletreando penosamente su lujoso devocionario, máxime cuando está escrito en lengua para ellas forastera. Pues bien. He aquí un devocionario que todo el mundo puede usar aunque no haya ido a la escuela ; que los más pobres pueden comprar, porque no cuesta un real; que los más cortos pueden entender, porque consta de palabras tan llanas como las que cualquier madre hace entender a su hijo chiquito ; devocionario que no cansa la vista del anciano; ni necesita luz del día o artificial para ser leído; que pueden cómodamente practicar el enfermo en su cama, el viajante en su vagón, el soldado en su hora de retén o de centinela, el labrador en su campo, el obrero en su taller, o la muchacha haciendo su cocina o su costura. Discurrid lo que queráis, dadle vueltas a vuestro más agudo ingenio; no hallaréis práctica más práctica que ésta ni que más se avenga a todas las clases, a todos los tiempos y a todas las situaciones de la vida.

Pero el ser llana y sencilla para los más, ¿no la hará despreciable para los entendimientos y corazones privilegiados? No, porque en medio de su sencillez, que comprenden hasta los más pequeños, tiene abismos insondables de sabiduría que no acabarán nunca de agotar las más elevadas inteligencias. Una sola, palabra de una sola de las peticiones de un solo Padrenuestro puede ser suficiente materia de meditación por largas horas al más grande de los filósofos; cada misterio de la vida del Salvador y de su Madre tiene tantos y tan variados aspectos, y da lugar a tantas y tan sutiles consideraciones, que no acabará con ellos el genio más encumbrado, si no que las irá encontrando cada día más nuevas y sorprendentes, cuando más las analice y desmenuce. Ahonde, pues, aquí el más vigoroso talento, y siga sin cesar abandonando, que como firme y humildemente trabaje, hallará, en cada pozo de estos, venas sin fin de agua viva, y no les tocará jamás el fondo a tales océanos de verdad.

¿Y podemos asimismo sostener que sea el Rosario devoción sabrosísima? ¡A cuántos no parece sino muy fastidiosa por sus monótonas repeticiones!

Pues claro está que se lo ha de parecer a quien no se entretenga en saborear de ella más que la corteza, sin llagar a hincarle el diente por medio de una viva atención. La fruta más azucarada parecerá sosa a quien de este modo la aplique a su necio paladar. Romped la cáscara; saboread la sustancia interior; exprimidle el jugo; ya que encontraréis allí lo que es bueno. Hablemos ya sin figuras. ¿Qué no os deleita el rezo del Rosario? Cierto es, ¡como que no lo rezan sino maquinalmente vuestros labios y no lo acompaña el corazón! Pasan por ellos sus amorosas frases sin hacer más que ligeramente rozar su superficie , y en confuso y precipitado tropel salen como desbordados, misterios, padrenuestros, avemarías y gloria patri: vuestra boca más que pronunciarlos los sacude y arroja de sí como el enfermo la ingrata medicina , a la que sólo procura despachar con la mayor brevedad posible. Decid, ¿es así como paladeáis los manjares en que deseáis recrear vuestra glotonería? ¿Es así como le buscáis a vuestras golosinas el apetecido dulzor? No, sino que lentamente las mascáis, las entretenéis, las disolvéis en vuestra saliva, y así les encontráis todo su deleite.Seguid análogo procedimiento espiritual para las cosas del espíritu, y me lo diréis después. Así goza cada vez más el alma la belleza de un cuadro mirándolo y remirándolo; así el hechizo de un poema leyéndolo  y releyéndolo; así la imagina de un trozo de música escuchándolo y volviéndolo a escuchar.

¡La repetición! Poco muestra conocer al hombre quien le haga cargos al santo Rosario porque consista todo él en fórmulas repetidas. El lenguaje de todo apasionado sentimiento no sabe expresarse sino por medio de la repetición: los que de veras se quieren, jamás se contentaron con decírselo una sola vez. La repetición es el único recurso que le queda al alma humana, para acomodar a aquélla cierta infinidad suya y de que participan sus sentimientos, la pobreza relativa de sus recursos para desahogarlos. La doblada y redoblada y cien doblada expresión de una misma protesta de afecto es lo único que nos consuela en cierta manera de la cortedad de nuestras frases para expresarlo como deseáramos y no podemos.

¿Se hallaría acaso dificultad en la contemplación de los misterios? Pero, ¿qué? ¿No es cierto que son los más conocidos y tratados de todo el mundo cristiano, explicados en todos los tonos, representados en todas las formas del arte, familiares al pueblo como la más casera de sus escenas domésticas? ¿A quién le ha de costar esfuerzo alguno, chico o grande, colocarse con la imaginación por un momento, por ejemplo, en medio del hermoso grupo del portal de Belén, o en el lastimero del huerto de Getsemaní o del Calvario , en el olorosísimo de la Resurrección o Ascensión a los cielos? ¿A quién ha de ser difícil figurarse en su presencia las personas que lo componen, como las ha visto mil veces en cuadros, altares o estampas, y penetrarse de sus sentimientos y recoger sus lecciones y rezar luego como antes ellas, la respectiva decena?

Rezad el Rosario, amigos míos, y rezadlo siempre y cada día. Volved a la santa costumbre de rezarlo en familia, los que por descuido o por pereza o por vergüenza, ¡que haya, mal pecado, vergüenza hasta en eso! , la hayáis dejado perder en vuestro hogar. Pero rezadlo bien. Para rezarlo como se debe os daré una breve receta de dos solas palabras: atención o intención.

Atención, significa que se atienda en él a lo que se hace y a lo que se dice; que no se interrumpa con inútiles paradas; que no se mezcle con palabras impertinentes; que se diga con los labios y con el corazón, acompañado la modestia de los ojos y el recogimiento de toda la persona. Que se mire esta devoción como un rato de audiencia que nos concede Dios, o de grata conversación que ofrecemos a la sagrada Familia.

Intención. No hagáis obra alguna de estas sin ponerle antes una intención fija que le sirva de blanco. No hacerlo así es disparar al aire. La fija intención es la que más favorece la atención. Antes de empezar a rezar preguntaos un momento: ¿Para qué voy a rezar?, ¿A quién dirijo mi rezo?, ¿Qué pretendo alcanzar con él? Y procurad responder a eso, no solamente con intenciones vagas y generales de hacer bien, dar gloria a Dios, etc., sino con la de lograr algo más determinado y concreto, un favor para vos o la familia, la conversión de un pecador tal o cual, el consuelo o buena muerte de un enfermo, el sufragio por un alma, el éxito de un negocio o  empresa, etc. O bien, el remedio de alguna de las graves necesidades de la Iglesia, como la exaltación del Papa, la confusión de las sectas, la propagación de la fe, el buen espíritu del clero, la reforma de las leyes, etc. ¡Cuidado si hubo cosas que pedir en todos tiempos y si las hay en este siglo muy en particular! Y poneos delante cada día una de estas intenciones, y tomadla por blanco antes de disparar vuestra arma, y repetidla interiormente a cada Gloria Patri, a fin de que no se os desvíe la puntería. Y acordaos con fe de aquel llamad  y se os abrirá del Evangelio, y creed y confiad que con cada Padrenuestro  y avemaría le dais una recia aldabada al Corazón del mismo Dios, que ha prometido no hacerse el sordo a quien así le fuere a llamar con santa importunidad.

Rezad, vuelvo a insistir, rezad el Santo Rosario, y rezadlo siempre y rezadlo bien. Rezadlo, si andáis afligidos, para consolarlos; si tentados, para resistir; si desalentados, para cobrar bríos; si con fortuna próspera, para equilibraros en la debida moderación y templanza. Colgad junto a vuestro lecho esta insignia de piedad, para que se vea que allí se ha echado a reposar un cristiano bajo los pliegues de su bandera: izadla en el lugar más visible del doméstico hogar, allí donde en hermoso grupo se reúne cada noche la familia, a fin de que sea como una señal para todo el mundo de que en aquella casa reina y es servido Cristo Dios. ¡Qué os acompañe siempre en vida y los oigáis murmurar por vuestros amigos a vuestro oído en la hora de la muerte, y os sea recomendación y eficacísimo empeño en el divino tribunal!

¡Qué lo sea para mí, pobre pecador, si con estas breves reflexiones he logrado que haya en adelante uno más que rece devotamente el santo Rosario!

El Rosario en familia.

Ninguna ocasión como la presente para hacerte, oh lector. Algunas observaciones sobre una costumbre cristiana y española que quisiera yo nunca dejases perder en el seno de tu hogar doméstico: hablo del Rosario en la familia.

La familia está sufriendo no menos que la sociedad el embate de la irreligión y de lo que se llaman ideas nuevas, que en realidad son ideas muy viejas, pues son del paganismo. Y por efecto de esta fatal influencia muchas familias cristianas abandonan las prácticas religiosas a pretexto de que son antiguas, alegando que se ha de vivir con el siglo, y que hay que dejarse de preocupaciones. Déjate de cuentos y de tonterías, amigo mío; Dios siempre será de moda y a Dios no le harán saltar de su trono todas nuestras locuras. Dios es de todos los siglos, o mejor, todos los siglos son de Dios. Y el servir a Dios, y el temerle, nunca será una preocupación, por más que haya cuatro decenas de infelices, no sé si más necios que malvados, que así aparenten creerlo.

¿No es, pues, gran lástima que hombres que se llaman católicos den al olvido o hayan desterrado de sus prácticas cotidianas esta santa práctica del Rosario en familia?, ¿No causa tristeza que hombres de orden, de autoridad y de respeto, severos en todo, formales, conservadores, consideren como cosa del otro siglo, y propia únicamente de mujeres, esta devoción? ¿Cómo si el hombre más barbudo y empingorotado no tuviera el alma tan hija de Dios como la mujer! ¡Como si para ambos no hubiese la misma muerte, el mismo juicio y el mismo infierno!

Querido lector, quien quiera que seas, ¿No es verdad que no vamos bien, sino mal, muy mal? El nombre de Dios apenas se permite que reine en las costumbres públicas; ¿Permitirás que la impiedad lo arroje también del seno de tu familia? En muchas no se oye jamás este nombre adorable: en cambio se oyen palabras que los labios honrados no pueden pronunciar; chistes que los oídos castos no pueden oír; conversaciones de las cuales huye como espantada la virtud, porque destrozan sin piedad la fama del prójimo y la modestia cristiana. Y ¿Por qué esto? Porque a la Religión divina se la va arrinconado, como lámpara solitaria en el templo: se le ha arrojado de las leyes en tantos pueblos, no se la tolera en las plazas de tantas vecindades, y tal vez tú empiezas a arrojarla también, como huésped incómodo, de la familia. No obstante, en medio de los hombres es donde debe vivir, y no solamente en la oscuridad del santuario; en medio de vosotros, hombres de mundo; en vuestras casas, en vuestras fábricas, en vuestros festines, en vuestras diversiones, en todas partes a donde lleváis vuestra alma, allá habéis de llevar a Dios como Juez, y a la Religión como compañera. Y en todas partes ha de dirigir vuestras acciones, refrenar vuestros deseos, amansar vuestras iras, enjugar vuestras lágrimas.

Ahora bien; si esta Religión divina ha de reinar entre vosotros en vuestra familia, de ningún modo mejor que con el santo Rosario que comprende, como visteis, los tres acto s principales de la Religión, la meditación, la súplica y la alabanza. Y el jefe de la familia debe presidir el Rosario como el negocio más importante del día; y los criados y los hijos deben aprender de él a venerarlo como la porción más respetable de la herencia paterna. Y el Rosario, cuyo dulce y acompasado murmurio subirá desde vuestro hogar hasta el trono de María, volverá a caer desde él sobre vuestra casa convertido en rocío bienhechor de bendiciones y consuelos.

¿No es verdad que necesitáis de Dios, lectores míos? ¿No es verdad que necesitáis de Dios para el éxito de vuestros negocios, para la cosecha de vuestros campos, para el porvenir de nuestros hijos, para la salud de vuestros cuerpos y para la tranquilidad de nuestras almas? Oídme, pues, y concluyo. De las veinticuatro horas del día entre vuestros negocios, entre vuestros placeras y entre vuestro descanso, ¿Tan duro se os hace conceder un cuarto de hora a vuestro Dios? ¿Es que tal vez se os pide demasiado? No sé si os contentaríais con que os diese tan poco el último de vuestros servidores. Creo que sois algo más exigentes.

¿No es verdad, querido lector? A ver, pues, cómo restableces en tu familia, con gran consuelo de tu mujer, la cristiana costumbre del Rosario, que habías tal vez olvidado. 

Lepanto: victoria del S. Rosario

Con el santísimo Rosario está relacionada una fecha gloriosísima de nuestra  historia patria, la última de nuestras antiguas grandezas.

La Religión es el mejor y más precioso archivo de los pueblos. Ella es quien escrupulosamente sabe guardar el rico tesoro de  sus recuerdos: lo que el pueblo quiere perpetuar en la memoria de las generaciones venideras confíalo a la Religión, y está seguro de que no perecerá. Una diferencia hay entre los recuerdos que guarda tan sólo la historia y los que conserva la Religión. La historia los guarda como preciosos cadáveres perfectamente embalsamados, pero cadáveres al fin. La Religión los conserva en toda su vida, esplendor y poesía. Como es ella eternamente viviente, injertos en su tronco inmortal préstales su jugo, su verdor y su eterna lozanía;  adquieren algo de su inmutabilidad y de su inmarcesible juventud. Otra diferencia notable queda aún por consignar. La historia es libro cerrado para la mayoría; sus páginas por lo común no las recorre el pueblo: la severa historia nunca ha sido amiga más que de sabios: jamás fue popular. La Religión, al revés, es libro a todos abierto y a todas horas. Los hechos que a ella se han encomendado tiene gusto particular en contárselos al niño y a la mujer, y al labrador y al artesano. Lo puramente histórico es meramente científico. Lo histórico-religioso, sin dejar de ser científico, es juntamente popular y tradicional.

La palabra Lepanto es la mejor confirmación de mis asertos. Preguntad a nuestro pueblo  por las batallas de Pavía o de Villa viciosa, y con ser hechos de su patria no sabrá qué responderos, más que si le hablaseis de la China o del Perú pronunciad, empero, ante una viejecita católica de cualquier nación de Europa dicha palabra, y alzando los ojos al cielo os dirá al momento: “! Ah, sí, Lepanto, la victoria del Rosario de María!” La explicación es clarísima: las dos primeras batallas pertenecen al cerrado archivo de la historia; la última pertenece, como tantas otras al siempre abierto archivo de la Religión.

¡Lepanto!  ¡Y cuán bien hicieron, cuán acertados anduvieron los pueblos en unir a la Religión el recuerdo de esta gran batalla y de esta gran victoria!La batalla de Lepanto y su victoria, ganada por los pontificios, españoles  y venecianos, aseguraron la supremacía de la cruz en el Occidente, y dejó desde entonces herida de muerte en el Oriente la hoy agonizante dominación musulmana. Lepanto recuerda la iniciativa de un gran Papa, Pío V, secundada por un gran rey, Felipe II, con la intervención de un gran diplomático y santo el jesuita, antes virrey de Cataluña, Francisco de Borja, y llevada a feliz cima por el valor de un gran militar, el joven español Juan de Austria. Lepanto recuerda el pueblo cristiano entregado al rezo del Rosario durante la empeñada acción, y el Santo Pontífice adivinando la victoria, desde su oratorio, y anunciándola a sus Cardenales tiempo mismo que se alcanzaba. Lepanto recuerda al buen Cervantes, al príncipe e las tres españolas, enfermo de calenturas, y lidiando no obstante como bravo hasta perder de un tiro de arcabuz la derecha mano, y surgir como premio de su heroísmo cinco años de cautiverio en Ángel, y los restantes de su vida entre la pobreza y  humillaciones. Por eso se le llama, con gran gloria suya, “el manco de Lepanto”. Lepanto recuerda ciento y treinta galeras turcas apresadas, cinco mil turcos prisioneros, veinte mil cristianos liberados del cautiverio. Es la última página de las Cruzadas, es el último aliento de la Europa coaligada en nombre de la fe; y el honor de esta jornada les cabe principalmente a la Religión, que fue la inspiradora, y a nuestra patria, que fue como siempre el brazo de la Religión. 

La iglesia alzó a la victoria de Lepanto un monumento popular e imperecedero: la fiesta del Rosario. En todos los púlpitos católicos se habla hoy de esta fiesta, y se renueva en la memoria de los fieles el recuerdo de la gran diosa hazaña que  conmemora. Sirva también esta página para esculpirlo más y más hondo en el corazón del pueblo español, heredero de los héroes de Lepanto. Que ahora más que nunca importa volver los ojos a nuestro glorioso pasado, siquiera para ruborizarnos cuando miserable sea nuestro presente.