El Santo Rosario

 Por Félix Sarda y Salvany, Pbro,  Ano Sacro , Barcelona, 1954 tomo II

 ¡El Rosario! ¿Hay cosa más vulgar? ¿Qué se puede decir sobre  él que no se le haya ocurrido ya a todo el mundo? Y sin embargo, puede que sean pocos los que hayan parado a examinar detenidamente el qué  y el cómo y el por qué de esa devoción que rezan todos los días, y de esa cadenilla con  granos engarzados de diez en diez que traen en el bolsillo. ¿Acaso no es frecuente que lo que más familiarmente usamos y tratamos es lo que menos a fondo hemos cuidado de estudiar?

 Mil veces se ha hecho observar que el Santo Rosario es una fórmula de oración en que  están como entretejidos el rezo y la meditación: el rezo por medio de los Padrenuestros, Avemarías y Glorias, que se repiten por decenas: la meditación por medio del paso o misterio que se propone en cada decena a la consideración del cristiano.

Esto solo recomienda ya de buenas a primeras esta devoción, porque, ¿qué cosa hay más excelente que la meditación, principalmente de la vida de Cristo y de su Madre Santísima?, ¿y qué rezo hay más precioso que el de las oraciones dichas, en cuyas breves frases, todas de excelso origen, se encierra el meollo y sustancia de cuanto puedan decir los libros más elocuentes?

Más hay aún otra consideración, y es la siguiente:

¿Qué rezaría la gran masa del pueblo fiel si no tuviese tan a mano esa tan familiar devoción del Santo Rosario? Una devoción para la clase general del pueblo debe ser sencilla, breve, llana de entender y fácil de practicar, adaptada a grandes y a pequeños, que ni a aquéllos parezca vulgar, ni a estos incomprensible. Estoy discurriendo qué fórmulas de oraciones se podrían inventar que a una satisficiesen tantas necesidades, y no me ocurre que se pueda inventar otra que la que está ya inventada. El Santo Rosario.

Porque vamos al caso. Decirle a la generalidad de los fieles: “medita y contempla”, es cosa muy vaga y que pocos querrán practicar. Largos ratos de silenciosa oración mental son poco a propósito para la mayoría de las gentes, que suelen vivir atareadas y distraídas entre los mil ruidos y desazones del mundo. Y, no obstante, es cierto que no puede haber perfecto cristiano sin su poca o mucha meditación. El Santo Rosario allana esta dificultad, dando como desmenuzada  y hecha partijas de fácil masticación la materia de las más elevadas contemplaciones. A sorbos, como quien dice, le va dando al espíritu este celestial alimento. Envuelta en la fácil comida de la oración vocal le da sin advertirlo la otra más sutil de la oración mental y consideración, para que la traguen así, casi sin pensarlo, hasta los más desganados. Querer persuadirles a ciertas personas que dediquen veinte minutos a la contemplación de una verdad cualquiera, será pretender lo imposible. Dársela en cinco o quince tomas con el intermedio y afectuoso acompañamiento de unas breves oraciones vocales, es cosa ya más hacedera y con la cual se puede llegar a conseguir igual resultado. En efecto. El que ha rezado bien una parte del Santo Rosario, es decir con la debida reflexión sobre cada misterio, puede decir con toda seguridad que ha hecho un buen rato de oración mental y de piadosa contemplación.

Pues, por lo que toca a la misma oración vocal, ¿hay medio por ventura de hacerla más fácil más sabrosa? ¿Qué le diréis al pueblo? ¿Lee? No, porque, o no sabe leer, o aunque sepa se podrá decir a muchos aquello que al tesorero de la reina de Etiopía decía un apóstol: “¿Entiendes lo que lees?” Que es lo que exactamente nos ocurre muchas veces cuando vemos a ciertas pobres gentes en la iglesia deletreando penosamente su lujoso devocionario, máxime cuando está escrito en lengua para ellas forastera. Pues bien. He aquí un devocionario que todo el mundo puede usar aunque no haya ido a la escuela ; que los más pobres pueden comprar, porque no cuesta un real; que los más cortos pueden entender, porque consta de palabras tan llanas como las que cualquier madre hace entender a su hijo chiquito ; devocionario que no cansa la vista del anciano; ni necesita luz del día o artificial para ser leído; que pueden cómodamente practicar el enfermo en su cama, el viajante en su vagón, el soldado en su hora de retén o de centinela, el labrador en su campo, el obrero en su taller, o la muchacha haciendo su cocina o su costura. Discurrid lo que queráis, dadle vueltas a vuestro más agudo ingenio; no hallaréis práctica más práctica que ésta ni que más se avenga a todas las clases, a todos los tiempos y a todas las situaciones de la vida.

Pero el ser llana y sencilla para los más, ¿no la hará despreciable para los entendimientos y corazones privilegiados? No, porque en medio de su sencillez, que comprenden hasta los más pequeños, tiene abismos insondables de sabiduría que no acabarán nunca de agotar las más elevadas inteligencias. Una sola, palabra de una sola de las peticiones de un solo Padrenuestro puede ser suficiente materia de meditación por largas horas al más grande de los filósofos; cada misterio de la vida del Salvador y de su Madre tiene tantos y tan variados aspectos, y da lugar a tantas y tan sutiles consideraciones, que no acabará con ellos el genio más encumbrado, si no que las irá encontrando cada día más nuevas y sorprendentes, cuando más las analice y desmenuce. Ahonde, pues, aquí el más vigoroso talento, y siga sin cesar abandonando, que como firme y humildemente trabaje, hallará, en cada pozo de estos, venas sin fin de agua viva, y no les tocará jamás el fondo a tales océanos de verdad.

¿Y podemos asimismo sostener que sea el Rosario devoción sabrosísima? ¡A cuántos no parece sino muy fastidiosa por sus monótonas repeticiones!

Pues claro está que se lo ha de parecer a quien no se entretenga en saborear de ella más que la corteza, sin llagar a hincarle el diente por medio de una viva atención. La fruta más azucarada parecerá sosa a quien de este modo la aplique a su necio paladar. Romped la cáscara; saboread la sustancia interior; exprimidle el jugo; ya que encontraréis allí lo que es bueno. Hablemos ya sin figuras. ¿Qué no os deleita el rezo del Rosario? Cierto es, ¡como que no lo rezan sino maquinalmente vuestros labios y no lo acompaña el corazón! Pasan por ellos sus amorosas frases sin hacer más que ligeramente rozar su superficie , y en confuso y precipitado tropel salen como desbordados, misterios, padrenuestros, avemarías y gloria patri: vuestra boca más que pronunciarlos los sacude y arroja de sí como el enfermo la ingrata medicina , a la que sólo procura despachar con la mayor brevedad posible. Decid, ¿es así como paladeáis los manjares en que deseáis recrear vuestra glotonería? ¿Es así como le buscáis a vuestras golosinas el apetecido dulzor? No, sino que lentamente las mascáis, las entretenéis, las disolvéis en vuestra saliva, y así les encontráis todo su deleite.Seguid análogo procedimiento espiritual para las cosas del espíritu, y me lo diréis después. Así goza cada vez más el alma la belleza de un cuadro mirándolo y remirándolo; así el hechizo de un poema leyéndolo  y releyéndolo; así la imagina de un trozo de música escuchándolo y volviéndolo a escuchar.

¡La repetición! Poco muestra conocer al hombre quien le haga cargos al santo Rosario porque consista todo él en fórmulas repetidas. El lenguaje de todo apasionado sentimiento no sabe expresarse sino por medio de la repetición: los que de veras se quieren, jamás se contentaron con decírselo una sola vez. La repetición es el único recurso que le queda al alma humana, para acomodar a aquélla cierta infinidad suya y de que participan sus sentimientos, la pobreza relativa de sus recursos para desahogarlos. La doblada y redoblada y cien doblada expresión de una misma protesta de afecto es lo único que nos consuela en cierta manera de la cortedad de nuestras frases para expresarlo como deseáramos y no podemos.

¿Se hallaría acaso dificultad en la contemplación de los misterios? Pero, ¿qué? ¿No es cierto que son los más conocidos y tratados de todo el mundo cristiano, explicados en todos los tonos, representados en todas las formas del arte, familiares al pueblo como la más casera de sus escenas domésticas? ¿A quién le ha de costar esfuerzo alguno, chico o grande, colocarse con la imaginación por un momento, por ejemplo, en medio del hermoso grupo del portal de Belén, o en el lastimero del huerto de Getsemaní o del Calvario , en el olorosísimo de la Resurrección o Ascensión a los cielos? ¿A quién ha de ser difícil figurarse en su presencia las personas que lo componen, como las ha visto mil veces en cuadros, altares o estampas, y penetrarse de sus sentimientos y recoger sus lecciones y rezar luego como antes ellas, la respectiva decena?

Rezad el Rosario, amigos míos, y rezadlo siempre y cada día. Volved a la santa costumbre de rezarlo en familia, los que por descuido o por pereza o por vergüenza, ¡que haya, mal pecado, vergüenza hasta en eso! , la hayáis dejado perder en vuestro hogar. Pero rezadlo bien. Para rezarlo como se debe os daré una breve receta de dos solas palabras: atención o intención.

Atención, significa que se atienda en él a lo que se hace y a lo que se dice; que no se interrumpa con inútiles paradas; que no se mezcle con palabras impertinentes; que se diga con los labios y con el corazón, acompañado la modestia de los ojos y el recogimiento de toda la persona. Que se mire esta devoción como un rato de audiencia que nos concede Dios, o de grata conversación que ofrecemos a la sagrada Familia.

Intención. No hagáis obra alguna de estas sin ponerle antes una intención fija que le sirva de blanco. No hacerlo así es disparar al aire. La fija intención es la que más favorece la atención. Antes de empezar a rezar preguntaos un momento: ¿Para qué voy a rezar?, ¿A quién dirijo mi rezo?, ¿Qué pretendo alcanzar con él? Y procurad responder a eso, no solamente con intenciones vagas y generales de hacer bien, dar gloria a Dios, etc., sino con la de lograr algo más determinado y concreto, un favor para vos o la familia, la conversión de un pecador tal o cual, el consuelo o buena muerte de un enfermo, el sufragio por un alma, el éxito de un negocio o  empresa, etc. O bien, el remedio de alguna de las graves necesidades de la Iglesia, como la exaltación del Papa, la confusión de las sectas, la propagación de la fe, el buen espíritu del clero, la reforma de las leyes, etc. ¡Cuidado si hubo cosas que pedir en todos tiempos y si las hay en este siglo muy en particular! Y poneos delante cada día una de estas intenciones, y tomadla por blanco antes de disparar vuestra arma, y repetidla interiormente a cada Gloria Patri, a fin de que no se os desvíe la puntería. Y acordaos con fe de aquel llamad  y se os abrirá del Evangelio, y creed y confiad que con cada Padrenuestro  y avemaría le dais una recia aldabada al Corazón del mismo Dios, que ha prometido no hacerse el sordo a quien así le fuere a llamar con santa importunidad.

Rezad, vuelvo a insistir, rezad el Santo Rosario, y rezadlo siempre y rezadlo bien. Rezadlo, si andáis afligidos, para consolarlos; si tentados, para resistir; si desalentados, para cobrar bríos; si con fortuna próspera, para equilibraros en la debida moderación y templanza. Colgad junto a vuestro lecho esta insignia de piedad, para que se vea que allí se ha echado a reposar un cristiano bajo los pliegues de su bandera: izadla en el lugar más visible del doméstico hogar, allí donde en hermoso grupo se reúne cada noche la familia, a fin de que sea como una señal para todo el mundo de que en aquella casa reina y es servido Cristo Dios. ¡Qué os acompañe siempre en vida y los oigáis murmurar por vuestros amigos a vuestro oído en la hora de la muerte, y os sea recomendación y eficacísimo empeño en el divino tribunal!

¡Qué lo sea para mí, pobre pecador, si con estas breves reflexiones he logrado que haya en adelante uno más que rece devotamente el santo Rosario!

El Rosario en familia.

Ninguna ocasión como la presente para hacerte, oh lector. Algunas observaciones sobre una costumbre cristiana y española que quisiera yo nunca dejases perder en el seno de tu hogar doméstico: hablo del Rosario en la familia.

La familia está sufriendo no menos que la sociedad el embate de la irreligión y de lo que se llaman ideas nuevas, que en realidad son ideas muy viejas, pues son del paganismo. Y por efecto de esta fatal influencia muchas familias cristianas abandonan las prácticas religiosas a pretexto de que son antiguas, alegando que se ha de vivir con el siglo, y que hay que dejarse de preocupaciones. Déjate de cuentos y de tonterías, amigo mío; Dios siempre será de moda y a Dios no le harán saltar de su trono todas nuestras locuras. Dios es de todos los siglos, o mejor, todos los siglos son de Dios. Y el servir a Dios, y el temerle, nunca será una preocupación, por más que haya cuatro decenas de infelices, no sé si más necios que malvados, que así aparenten creerlo.

¿No es, pues, gran lástima que hombres que se llaman católicos den al olvido o hayan desterrado de sus prácticas cotidianas esta santa práctica del Rosario en familia?, ¿No causa tristeza que hombres de orden, de autoridad y de respeto, severos en todo, formales, conservadores, consideren como cosa del otro siglo, y propia únicamente de mujeres, esta devoción? ¿Cómo si el hombre más barbudo y empingorotado no tuviera el alma tan hija de Dios como la mujer! ¡Como si para ambos no hubiese la misma muerte, el mismo juicio y el mismo infierno!

Querido lector, quien quiera que seas, ¿No es verdad que no vamos bien, sino mal, muy mal? El nombre de Dios apenas se permite que reine en las costumbres públicas; ¿Permitirás que la impiedad lo arroje también del seno de tu familia? En muchas no se oye jamás este nombre adorable: en cambio se oyen palabras que los labios honrados no pueden pronunciar; chistes que los oídos castos no pueden oír; conversaciones de las cuales huye como espantada la virtud, porque destrozan sin piedad la fama del prójimo y la modestia cristiana. Y ¿Por qué esto? Porque a la Religión divina se la va arrinconado, como lámpara solitaria en el templo: se le ha arrojado de las leyes en tantos pueblos, no se la tolera en las plazas de tantas vecindades, y tal vez tú empiezas a arrojarla también, como huésped incómodo, de la familia. No obstante, en medio de los hombres es donde debe vivir, y no solamente en la oscuridad del santuario; en medio de vosotros, hombres de mundo; en vuestras casas, en vuestras fábricas, en vuestros festines, en vuestras diversiones, en todas partes a donde lleváis vuestra alma, allá habéis de llevar a Dios como Juez, y a la Religión como compañera. Y en todas partes ha de dirigir vuestras acciones, refrenar vuestros deseos, amansar vuestras iras, enjugar vuestras lágrimas.

Ahora bien; si esta Religión divina ha de reinar entre vosotros en vuestra familia, de ningún modo mejor que con el santo Rosario que comprende, como visteis, los tres acto s principales de la Religión, la meditación, la súplica y la alabanza. Y el jefe de la familia debe presidir el Rosario como el negocio más importante del día; y los criados y los hijos deben aprender de él a venerarlo como la porción más respetable de la herencia paterna. Y el Rosario, cuyo dulce y acompasado murmurio subirá desde vuestro hogar hasta el trono de María, volverá a caer desde él sobre vuestra casa convertido en rocío bienhechor de bendiciones y consuelos.

¿No es verdad que necesitáis de Dios, lectores míos? ¿No es verdad que necesitáis de Dios para el éxito de vuestros negocios, para la cosecha de vuestros campos, para el porvenir de nuestros hijos, para la salud de vuestros cuerpos y para la tranquilidad de nuestras almas? Oídme, pues, y concluyo. De las veinticuatro horas del día entre vuestros negocios, entre vuestros placeras y entre vuestro descanso, ¿Tan duro se os hace conceder un cuarto de hora a vuestro Dios? ¿Es que tal vez se os pide demasiado? No sé si os contentaríais con que os diese tan poco el último de vuestros servidores. Creo que sois algo más exigentes.

¿No es verdad, querido lector? A ver, pues, cómo restableces en tu familia, con gran consuelo de tu mujer, la cristiana costumbre del Rosario, que habías tal vez olvidado. 

Lepanto: victoria del S. Rosario

Con el santísimo Rosario está relacionada una fecha gloriosísima de nuestra  historia patria, la última de nuestras antiguas grandezas.

La Religión es el mejor y más precioso archivo de los pueblos. Ella es quien escrupulosamente sabe guardar el rico tesoro de  sus recuerdos: lo que el pueblo quiere perpetuar en la memoria de las generaciones venideras confíalo a la Religión, y está seguro de que no perecerá. Una diferencia hay entre los recuerdos que guarda tan sólo la historia y los que conserva la Religión. La historia los guarda como preciosos cadáveres perfectamente embalsamados, pero cadáveres al fin. La Religión los conserva en toda su vida, esplendor y poesía. Como es ella eternamente viviente, injertos en su tronco inmortal préstales su jugo, su verdor y su eterna lozanía;  adquieren algo de su inmutabilidad y de su inmarcesible juventud. Otra diferencia notable queda aún por consignar. La historia es libro cerrado para la mayoría; sus páginas por lo común no las recorre el pueblo: la severa historia nunca ha sido amiga más que de sabios: jamás fue popular. La Religión, al revés, es libro a todos abierto y a todas horas. Los hechos que a ella se han encomendado tiene gusto particular en contárselos al niño y a la mujer, y al labrador y al artesano. Lo puramente histórico es meramente científico. Lo histórico-religioso, sin dejar de ser científico, es juntamente popular y tradicional.

La palabra Lepanto es la mejor confirmación de mis asertos. Preguntad a nuestro pueblo  por las batallas de Pavía o de Villa viciosa, y con ser hechos de su patria no sabrá qué responderos, más que si le hablaseis de la China o del Perú pronunciad, empero, ante una viejecita católica de cualquier nación de Europa dicha palabra, y alzando los ojos al cielo os dirá al momento: “! Ah, sí, Lepanto, la victoria del Rosario de María!” La explicación es clarísima: las dos primeras batallas pertenecen al cerrado archivo de la historia; la última pertenece, como tantas otras al siempre abierto archivo de la Religión.

¡Lepanto!  ¡Y cuán bien hicieron, cuán acertados anduvieron los pueblos en unir a la Religión el recuerdo de esta gran batalla y de esta gran victoria!La batalla de Lepanto y su victoria, ganada por los pontificios, españoles  y venecianos, aseguraron la supremacía de la cruz en el Occidente, y dejó desde entonces herida de muerte en el Oriente la hoy agonizante dominación musulmana. Lepanto recuerda la iniciativa de un gran Papa, Pío V, secundada por un gran rey, Felipe II, con la intervención de un gran diplomático y santo el jesuita, antes virrey de Cataluña, Francisco de Borja, y llevada a feliz cima por el valor de un gran militar, el joven español Juan de Austria. Lepanto recuerda el pueblo cristiano entregado al rezo del Rosario durante la empeñada acción, y el Santo Pontífice adivinando la victoria, desde su oratorio, y anunciándola a sus Cardenales tiempo mismo que se alcanzaba. Lepanto recuerda al buen Cervantes, al príncipe e las tres españolas, enfermo de calenturas, y lidiando no obstante como bravo hasta perder de un tiro de arcabuz la derecha mano, y surgir como premio de su heroísmo cinco años de cautiverio en Ángel, y los restantes de su vida entre la pobreza y  humillaciones. Por eso se le llama, con gran gloria suya, “el manco de Lepanto”. Lepanto recuerda ciento y treinta galeras turcas apresadas, cinco mil turcos prisioneros, veinte mil cristianos liberados del cautiverio. Es la última página de las Cruzadas, es el último aliento de la Europa coaligada en nombre de la fe; y el honor de esta jornada les cabe principalmente a la Religión, que fue la inspiradora, y a nuestra patria, que fue como siempre el brazo de la Religión. 

La iglesia alzó a la victoria de Lepanto un monumento popular e imperecedero: la fiesta del Rosario. En todos los púlpitos católicos se habla hoy de esta fiesta, y se renueva en la memoria de los fieles el recuerdo de la gran diosa hazaña que  conmemora. Sirva también esta página para esculpirlo más y más hondo en el corazón del pueblo español, heredero de los héroes de Lepanto. Que ahora más que nunca importa volver los ojos a nuestro glorioso pasado, siquiera para ruborizarnos cuando miserable sea nuestro presente.

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