Importancia de la fe (I parte)

I. El Evangelio es una buena noticia, la revelación debe conservarse y trasmitirse íntegramente.
La palabra “Evangelio”, proviene del griego, y significa “buenas noticias”. Buenas noticias fueron las que Jesucristo predicó al pueblo de Israel hace casi 2000 años, anunciando la llegada del Reino de Dios a la humanidad, siendo Él mismo el Verbo, la Palabra divina, que mayormente manifiesta la Voluntad benéfica y gozosa del Padre hacia todos los hombres y mujeres.
El Evangelio, tanto en su parte de negación (pautas morales y espirituales que nos prohíben ciertos actos, palabras y pensamientos) como en su parte propositiva (aquello que estamos llamados a cumplir y procurar para nosotros, para los demás y para Dios) ES SIEMPRE UNA BUENA NOTICIA, porque nos orienta a conseguir, a ser capaces de un fin único e inestimable: la vida eterna. Nos ofrece como noticia gozosa que el ser humano REALMENTE ES CAPAX DEI, CAPAZ DE DIOS, porque es amado por Él de una manera especial, de tal forma que Dios mismo decide encarnarse y hacerse hombre para redimir al hombre y restituirlo a su condición primigenia de gracia, y además, para reorientar el fin de la humanidad, reconciliándola con el Padre y satisfaciendo la divina justicia, honrando con Su sacrificio al Padre de una manera sobreabundante e infinita.
Desde el ministerio de Jesús cuando habitó entre nosotros, como Verbo encarnado, cumpliendo siempre y en todo la Voluntad de Dios Padre, hasta nuestros días, el Evangelio nunca ha dejado de ser proclamado en la Iglesia de Dios, primero en medio de los judíos que reconocieron al Mesías, y posteriormente los gentiles y circuncisos que adhirieron a las enseñanzas de aquellos que fueron puestos por Cristo como maestros y continuadores de su ministerio en la tierra. Ese Evangelio, esa Buena Noticia, aunque se le ha garantizado que perdurará y se conservará hasta la consumación de los siglos, sin embargo, en diversas épocas ha sido oscurecida, ha sido tergiversada por personas que por ignorancia o por soberbia, han trastocado el mensaje original confiado a ser trasmitido íntegramente para beneficio de la humanidad y gloria de Dios.
La fe es un don de orden sobrenatural. Es una gracia. No depende del grado de inteligencia que alguien llegue a tener, ni tampoco de ningún clase de mérito personal. Ciertamente, hay actitudes y elementos que predisponen, abren terreno para que la semilla de la fe germine en un alma, como por ejemplo, la humildad, un corazón sencillo, la apertura a remontarse por medio de la contemplación de las cosas creadas a realidades que exceden al mundo regido por los sentidos y la razón sola. Pero, en última instancia, al no provenir de ingenio ni artificio humano la fe, lo que le compete es prepararle acogida, pedirla si no la tiene, abrazarla una vez recibida, y poner todos los medios de que dispone para conservarla, principalmente por la oración, los sacramentos y la lectura teológica y espiritual, sin olvidar que una fe que se queda en un plano meramente intelectual, pero que no fructifica en obras derivadas de tal fe, es muerta y no conduce a la trascendencia, hasta que vaya acompañada de la reina de las virtudes, la caridad.
Si entendemos la importancia de la fe, que es la adhesión de nuestra inteligencia a las verdades reveladas por Dios por medio de la Iglesia, si comprendemos que la fe, por tanto, es la puerta que nos inicia en la vivencia del mundo espiritual al revelarnos las verdades eternas que no podríamos conocer por medio del ejercicio de nuestra sola razón, entonces, nos sentimos consecuentemente inclinados a buscar, si es que somos coherentes y serios, que el depósito de la fe revelada, confiado a la Iglesia, sea custodiado íntegramente, y también, nos interesará e importará sobremanera que NO SEA CONTAMINADO, MENOSACABADO, TERGIVERSADO, DISMINUIDO, OCULTADO NI PUESTO EN TELA DE JUICIO COMO SI SE TRATARA DE HIPÓTESIS O DOCTRINAS MERAMENTE HUMANAS Y POR LO TANTO, SUJETAS A LA POSIBILIDAD DE ERROR.
¿Qué es lo que se tiene que hacer para transmitir fielmente ese depósito de la fe? Principalmente, ENTREGARLO TAL CUAL SE HA RECIBIDO. Ese será el mérito de la Iglesia, su deber: custodiar con fidelidad lo que se le ha confiado. Del amor y esmero con que se conserve la divina revelación, fuente de vida para todos, dependerá en mucho el crecimiento espiritual del mundo, o por el contrario, la extensión del reino de las tinieblas de la ignorancia espiritual y de la malicia. Hay muchas opiniones, doctrinas y supuestas revelaciones de parte de Dios en todo el mundo. Eso, tanto creyentes como no creyentes serios en ambos casos, es considerado como un grave mal para la humanidad. Es evidente que no todos pueden estar en la verdad, predicando conceptos y “revelaciones” que se contradicen en varios puntos. De no existir una revelación divina, y de no estar ésta custodiada por una institución encargada de propagarla, no existiría la posibilidad para que el ser humano conociera los misterios del mundo celestial, ni su origen como ente creado, ni su fin último, ni los atributos de Dios trascendente. Todo se reduciría a una sucesión de ideas, aproximaciones e hipótesis, más o menos acertadas o erradas, sobre las realidades eternas, dependiendo de la inteligencia y capacidades de los pueblos y de personas prominentes de ellos. Todo se reduciría a una mezcla desigual de luz y oscuridad, verdad y error, bien y mal, sin posibilidad de discernimiento entre ello. Las discusiones se multiplicarían al infinito, los fundadores de sectas y religiones se extenderían incansablemente, pero…SIN LA REVELACIÓN, SIN LA INICIATIVA DE DIOS DE DARSE A CONOCER POR LA HUMANIDAD, NUNCA NINGUNA PERSONA NI COLECTIVO ALGUNO PODRÍA ARRIBAR A LA CERTEZA ABSOLUTA DE SER PLENAMENTE CIERTAS Y BUENAS AQUELLAS COSAS QUE PROFESAN Y PRACTICAN.
Roberto López
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