Carta amigos y benefactores n°79

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Queridos Amigos y benefactores,
En algunos días celebraremos el dichoso advenimiento de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. La santa Liturgia del Adviento y del tiempo de Navidad está llena de la fe en la divinidad de Nuestro Señor. Empleando sobre todo el Antiguo Testamento, allí donde se profetiza su venida, ella impregna nuestra inteligencia y nuestro corazón con la grandeza infinita de las prerrogativas y de los derechos del Niño recién nacido.
“¡Aquél que desde toda eternidad nació de un Padre sin madre, nace en el tiempo de una Madre sin padre!” (Profesión de fe del 11° Concilio de Toledo).
Recibiendo su naturaleza humana de la Santísima Virgen María, su Madre, cuya Virginidad Él preservó, demuestra por ese mismo hecho que no perdió nada de su Divinidad. “En la zarza ardiente que veía Moisés y que no se consumía, nosotros reconocemos vuestra laudable e intacta Virginidad.” (antífona de Laudes, 1° de enero). Verdadero Dios, verdadero hombre, la Iglesia se complace de recibir a Jesús Nuestro Salvador honrándolo con el título de Rey.
El Rey de la Paz, Rex Pacificus. Aquí, desearíamos desarrollar un poco esta verdad, que está como en el centro de la crisis que sacude a la Iglesia y que condiciona las relaciones de la fraternidad San Pío X con la Santa Sede.
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En efecto, nos parece que se puede resumir el fondo del problema actual en una pérdida de la fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh! Ciertamente muchos proclaman que creen que Jesús es Dios, pero muy pocos están dispuestos a sacar las consecuencias concretas de esta verdad fundamental que brillará ante los ojos del mundo entero en el fin de los tiempos. En ese momento, Él dejará, finalmente, resplandecer su gloria en toda su perfección. La extensión de sus poderes sobre toda creatura será tal que todos los hombres – paganos, cristianos, ateos, descreídos, bandidos y fieles –, todos serán prosternados ante Él, pues a su Nombre toda rodilla se doblará sobre la tierra como en el cielo. (Cf. Filip. 2,20)
Durante el corto momento de su vida terrestre en la que Él se complació en estar entre nosotros, Él ocultó en parte su soberanía. Pero eso sólo fue durante el tiempo de la prueba, el tiempo de cumplir su misión redentora: “Él ha muerto por nuestros pecados” (1 Cor. 15,3).
Pero durante ese tiempo en que ocultó a nuestros ojos todo su poder, Él no perdió nada del mismo. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra” (Mt. 28,18) es una afirmación que debe tomarse literalmente, Él que crea todas las cosas, por quien todo ha sido creado, sin el cual nada de lo que ha sido hecho ha sido creado. (Cf. Jn 1,3).
El rechazo práctico de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo se manifiesta a menudo en la historia de los hombres por el rechazo de su Realeza, que ya fue el título y la razón de su condenación: “Jesus Nazarenus, Rex Judaeorum” (Jn 19,19).
Y muy a menudo en la historia, el rechazo de Dios se manifiesta por el rechazo de la sumisión a Nuestro Señor Jesucristo.
Hay que llegar a mitad del siglo XX para asistir a este increíble acontecimiento que permitió ver un concilio que, pretendidamente en nombre de la adaptación a la situación concreta de la sociedad humana en plena decadencia, modificó la proclamación de todas las épocas: “Es necesario que Él reine” (1 Cor 15,25). Se pretende que esta manera de obrar estaría en armonía con los Evangelios, cuando es todo lo contrario.
Los sofistas del liberalismo hicieron decir que el Estado, la sociedad humana –la cual también es una creatura de Dios– debía tratar con igualdad la única verdadera religión y todas las falsas, otorgando de igual modo a cada una el derecho de existir, de desarrollarse sin trabas y de ejercer su culto.
Se pretendió por este medio oponerse a los abusos del Estado totalitario que aplasta injustamente los seres humanos y oprime la conciencia de cada uno. Los mismos francmasones expresaron su alegría por escuchar resonar bajo la cúpula de San Pedro estas tesis que les pertenecen. (Cf. Yves Marsaudon, El ecumenismo visto por un francmasón de Tradición, 1964).
Ciertamente hay algo de verdad en el mal denunciado. Pero el remedio es el que la Iglesia siempre indicó: la tolerancia. El derecho a la libertad religiosa, tal cual fue proclamado en el Concilio Vaticano II, es algo muy distinto. Este es uno de los puntos en los cuales chocamos con la Santa Sede.
Esta libertad religiosa, que pone en pie de igualdad lo verdadero y lo falso, dispensa deliberadamente al Estado y a la sociedad humana de sus deberes de honrar y servir a Dios, su Creador. Abre el camino a todas las licencias en materia religiosa. Es como si, en la Iglesia, se hubiera renunciado a la prerrogativa de ser el único camino de salvación para los hombres. Los que todavía creen en ello ya no lo dicen. Incluso muchos hacen pensar lo contrario. Esta concesión al mundo de hoy se hace a costa de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.
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Otra consecuencia, en la misma línea de lo que se acaba de decir, se ve en la práctica del ecumenismo. Bajo pretexto de poder estar más cerca de nuestros “hermanos separados”, no se proclaman más estas verdades, aunque sean salvíficas, porque son difíciles de entender. Incluso de manera deliberada ya no se busca convertirlos. El ecumenismo YA NO QUIERE CONVERTIR MÁS. Se ha desterrado este término, se lo tolera todavía, ¡pero en nombre de la libertad religiosa! ¿Dónde está, pues, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Dónde quedó la dignidad de los católicos? ¡Y son sus jefes los que los convierten en pusilánimes! Como se pudo constatar recientemente en Francia, cuando era necesario censurar obras de teatro blasfemas. Si semejantes ofensa hubieran sido hechas contra los musulmanes, ¡el país habría sido devorado por las llamas! ¡Hoy los cristianos se han vuelto tan flojos que dejan hacer cualquier cosa! ¡Se atenta contra el honor no de un rey de este mundo, sino del Rey de Reyes, del Señor de señores, Nuestro Salvador, de quien hemos recibido todo!
¡Evidentemente deseamos fervientemente la salvación y el retorno al redil de todas estas almas tan caras al Corazón de Nuestro Señor puesto que las rescató al precio de su vida! Pero la manera actual de obrar no tiene nada en común con la preocupación de la unidad de la Iglesia de los siglos pasados. Se pretende que todo el mundo es bueno y, por consiguiente, la perspectiva de que algunos podrían condenarse eternamente causa escándalo. Se predica que el infierno está vacío o casi. Pero la enseñanza de la Iglesia es muy diferente…
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Un tercer punto de enfrentamiento está también ligado al menoscabo de la autoridad.
Nuestro Señor es la cabeza de la Iglesia. Pero porque quiso que su Iglesia fuera visible, habiendo subido a los cielos, Él dio a su Iglesia una cabeza visible que es su Vicario sobre la tierra, Pedro y sus sucesores… A él solo Nuestro Señor dio el poder de apacentar los corderos y las ovejas, sólo él tiene un poder pleno, soberano, inmediato sobre todos y cada uno de los miembros de la Iglesia. Por eso la Iglesia siempre se proclamó una monarquía, gobernada por uno solo. Ciertamente el carácter humano del gobierno hace comprensible la búsqueda de los consejos y de las opiniones de personas sabias, pero una forma de democracia, introducida en la Iglesia por la colegialidad y por la parodia parlamentaria de las conferencias episcopales, permite toda clase de abusos y entrega a la presión de grupos las disposiciones de derecho divino que determinan que cada diócesis sólo tiene una cabeza, el obispo del lugar.
Hoy la autoridad está seriamente sacudida, no sólo desde fuera, por la contestación de los responsables laicos que reclaman participar en el gobierno, sino también en el interior de la Iglesia, por la introducción de una cantidad de consejos y comisiones que, en la atmósfera de hoy, impiden el ejercicio equitativo de la autoridad delegada por Nuestro Señor Jesucristo.
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¿No es sobrecogedor constatar cómo, en cada uno de estos escollos, encontramos en definitiva el mismo problema? Para agradar al mundo, o al menos para adaptarse a él, se ha sacrificado de una o de otra manera la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo sobre los fieles cristianos, sobre todos los hombres por los que Él ha derramado su Sangre, sobre todas las naciones cuyos miembros son.
He aquí lo que desgarra la Iglesia. Para salir de esta crisis es necesario “restaurar todas las cosas en Cristo” (Efes. 1,10). En todas partes y en todo darle el primer lugar, a Él que quiere ser todo en todos. Mientras no se quiera abandonar este aire liberal que apesta la Iglesia, ésta seguirá deteriorándose.
A causa de esta dolorosa realidad nuestras relaciones con Roma son difíciles.
Por eso en la Fraternidad hablamos tan a menudo de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, pues ella es el resumen en la vida práctica del reconocimiento de su Divinidad. Él tiene un derecho absoluto sobre nosotros.
A Él todos los hombres, paganos o católicos, jóvenes o viejos, ricos o pobres, poderosos o débiles, todos, absolutamente todos rendirán cuenta de su vida aquí abajo, -a Él, su soberano Juez y su Dios, del cual han recibido todo. Esperemos que estas líneas muestren cuán actual es la doctrina de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, cómo el combate por esta Realeza de Nuestro Señor Jesucristo no es anticuado, sino todo lo contrario, muy necesario. Hoy es algo imperioso para sobrevivir.
Que Nuestra Señora, Madre de Jesús, Madre de Dios, escuche nuestras oraciones para la gloria de su Hijo. Que ella nos proteja, que cuide nuestra pequeña Fraternidad en medio de tantos peligros, y que ella sea nuestra guía, nuestra abogada, nuestra victoria contra nosotros mismos y nuestra pusilanimidad. Que ella sea nuestra esperanza, mientras esperamos su triunfo por el que rogamos asiduamente, que ella sea nuestra alegría ya aquí abajo y por toda la eternidad.

Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

+ Bernard Fellay

En la fiesta de Santo Tomás Apóstol, 21 de diciembre de 2011

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