EL VALOR DEL TIEMPO

San Bernardo dice:

Ninguno de vosotros estime en poco el tiempo transcurrido en conversaciones ociosas, porque vale bien la pena que tengamos cuenta deél, pues se nos da para emplearlo en el negocio de la salvación de nuestra alma. Así como la palabra, una vez lanzada al aire es irrevocable, así también el tiempo, una vez transcurrido es ya irreductible, sin que el insensato advierta lo que ha perdidoImagen

Al inicio de este año es útil meditar a cerca de la importancia del tiempo. Es en el tiempo que todos los santos se han santificado y preparado su salvación. Es en el tiempo que todos los condenados tomaron el camino de la perdición eterna. El tiempo es un gran tesoro que Dios nos da para adquirir las riquezas eternas. Al momento de la muerte cuando el alma se separa del cuerpo ya no hay tiempo, es la eternidad. Eternidad feliz para el alma que se encontraba en estado de gracia al momento de la muerte y eternidad miserable para el alma que estaba en pecado mortal. Dios nos da el tiempo para conocerlo mejor, amarlo más y preparar con su ayuda nuestra vida eterna.

¡Cuántos cristianos se dan cuenta el lecho de muerte que han pasado su vida en la tierra sin haber atesorado nada para el cielo! No han trabajado ni según Dios ni por Dios. Han pasado su tiempo en cosas vanas que han dejado sobre la tierra. Para evitar este tremendo dolor en la hora de la muerte, la lectura cotidiana de la vida de los santos es de sumo provecho y será de grande consuelo en el momento supremo que abre la puerta de la eternidad.

Para utilizar el tiempo según Dios consideremos dos cosas: El valor del tiempo; el buen empleo que de él debemos hacer

I) El valor del tiempo

San Bernardo decía: “no hay nada tan precioso que el tiempo y no hay nada tan menospreciado” Cada momento utilizado según Dios, si estamos en estado de gracia, puede merecernos tesoros de gloria y alegría eternas. El tiempo es precioso porque es durante esta vida que Nuestro Señor nos aplica los méritos de su muerte y Pasión para rescatarnos y santificarnos. El tiempo es la moneda del cielo. Cada momento vale una eternidad. Por ejemplo un pecador que recibe la absolución un minuto antes de entregar su alma, se salva. Otro que muere sin el perdón, se condena para siempre. ¿Cuándo tendré que entregar mi alma? No lo sé. Dios sólo conoce la hora de nuestra muerte. Lo que nosotros tenemos que hacer es estar listos y velar según manda Nuestro Señor (Mateo 24, 42-44). El que pasaría meses y, lo que es peor, años en el pecado debe despertarse. Es como un borracho embregado bajo el efecto del pecado. En cualquier momento puede ser precipitado en el abismo del infierno. Estar en pecado mortal es estar al borde del infierno eterno. Es estar en el más grande de los peligros.

Imagen

¿Para qué nos da el tiempo Dios?

Dios nos da el tiempo:

1. no para amontonar riquezas que dejaremos en esta tierra y que tal vez podrán provocar nuestra perdición eterna o al menos un largo purgatorio;

2. no para gozar de las criaturas como los paganos poniendo en ellas toda nuestra esperanza y corazón;

3. no para divertirnos como unos materialistas epicúreos que piensan que su vida se acaba en esta tierra como la de cualquier animal;

4. no para estar ociosos porque es imposible recuperar los momentos perdidos. Además es imposible ser ocioso y evitar el pecado. Dios mismo dice que: “la ociosidad es maestra de muchos vicios” (Eclo. 33,29).

5. Dios nos da el tiempo para hacer penitencia de nuestros pecados pasados y reparar el mal y escándalos que hemos hecho. Nuestros pecados han pasado decimos. Han pasado ciertamente para nosotros, pero no ante Dios

5.que nos pedirá cuenta para cada uno de ellos si no hacemos penitencia proporcionada.

6. Dios nos da el tiempo para pedir y recibir el perdón; para adquirir la gracia que santifica a nuestra alma haciéndola hija adoptiva de Dios;

7. Dios nos da el tiempo para merecer la gloria eterna con la ayuda de su gracia, obrando el bien, evitando el mal, recibiendo los santos sacramentos con frecuencia y dignamente.

San Bernardo dice: “Ninguno de vosotros estime en poco el tiempo transcurrido en conversaciones ociosas, porque vale bien la pena que tengamos cuenta de él, pues se nos da para emplearlo en el negocio de la salvación de nuestra alma. Así como la palabra, una vez lanzada al aire es irrevocable, así también el tiempo, una vez transcurrido es ya irreductible, sin que el insensato advierta lo que ha perdido” (1)

El tiempo es breve y no está en nuestro poder. El pasado como un río se fue ya no nos pertenece. El futuro lo esperamos pero no existe todavía y puede faltarnos. ¡Cuántos jóvenes que pensaban tener muchos años delante de sí murieron de repente sin ninguna preparación para su eternidad!

Sólo el tiempo presente nos pertenece, pero es solamente un instante, y Dios no nos da más que uno a la vez y pasa muy rápidamente. Tenemos que aprovechar de este instante como Dios lo quiere viviendo según su voluntad en santidad y honrando el nombre de católico que llevamos. Los santos son los grandes maestros y sabios que utilizaron el tiempo según Dios y pudieron triunfar para la eternidad: imitémoslos leyendo su vida y sus obras.

II) El buen empleo del tiempo

¿Cómo se pierde el tiempo?

Muchos pierden el tiempo por pereza, no haciendo caso de él, no haciendo nada, o haciendo lo que conduce a la perdición.

Otros lo pierden por falta de orden, de regularidad en su vida, en su trabajo; van de una cosa a otra, no terminan nada, o no hacen lo que deben hacer. El profeta Ageo (1,6) les dice: “Habéis sembrado mucho y recogido poco”.

Otros lo pierden no haciendo lo que deben hacer, lo que es su deber y obligación. El demonio los engaña y les hace pecar por negligencia y descuido del deber de estado.

Otros lo pierden en cosas vanas, inútiles o incluso peligrosas envenenándose y haciéndose tibios vulnerables.

Finalmente otros lo pierden haciendo mal, pecando, acumulando los pecados y preparándose un suplicio eterno. ¡Ay de estos ciegos!

¿Cómo utilizar bien el tiempo?

San Bernardo nos da tres condiciones para bien utilizar el tiempo:

En primer lugar, obrar con orden según la importancia de las acciones que tenemos que hacer: el alma antes que el cuerpo. Nuestro Señor nos dice: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia todo lo demás os será dado por añadidura “(Mateo 6, 33). Siempre Dios sea el primer servido y no el último. Por ejemplo santificar el día del Señor después del fútbol o de la indecente playa no atrae ni la bendición de Dios ni enfervoriza el alma ya enferma. ¡Cuántos inconscientes afirman no tener tiempo de servir a Dios, de cumplir sus deberes religiosos, de salvar su alma, de consagrar unos días al retiro espiritual para convertirse y hacerse católicos fervorosos para el bien de su hogar y familia.

En segundo lugar, después los deberes de estado y religiosos, poner las obligaciones de justicia y caridad antes que lo que es fantasía y capricho. Respecto a las cosas indiferentes y libres preguntares: ¿Qué vale eso en comparación de la eternidad? ¿Para qué sirve? ¿En qué es nocivo para mí, para mi alma, mi familia?

En tercer lugar hacerlo todo cuidadosamente por amor a Dios, porque el que trabaja cumpliendo su deber sirve a Dios y por el mismo hecho en esos momentos de trabajo se santifica siendo en la gracia de Dios. Hacer también todo con fervor y entusiasmo como si tuviésemos que morir inmediatamente después y dar cuenta de nuestra administración a Dios. Hacerlo todo ad majorem Dei gloriam, para la mayor gloria de Dios, como decía San Ignacio de Loyola.

El que utiliza su tiempo para glorificar a Dios, santificar su alma, para servir al bien y utilidad del prójimo, para cumplir su deber de estado, en la hora de la muerte tendrá alegría y consuelo. San Antonio María Claret escribe: “No pierda jamás un instante de tiempo porque la ociosidad abre la puerta al demonio y a todos los males” (2). Todos somos llamados a la santidad y si todavía no somos santos es porque “la distancia que nos separa de los santos es obra de nuestra pereza y comodidad“(3). Es tiempo para despertarnos. Si utilizamos bien el tiempo que Dios nos da, todos podemos ser los santos que Dios quiere, salvarnos y salvar a muchísimas almas.

Padre Michel Boniface

Notas y bibliografía

(1) San Bernardo Sermones Varios, 17,3

(2)San Antonio María Claret, Cartas Selectas, Madrid, 1996, BAC, p. 13.

(3) Alberto García Vieyra, O.P. Los Dones del Espíritu Santo, Buenos Aires, DDB 1954, p. 44.

Tomado de “Dios nunca muere”, texto escrito por P. Michael Boniface fsspx

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s