Puntos de Educación: … Formar al jefe

(fragmento)

por el R.P. Alberto Hurtado, S.I.

LA EDUCACION DE DIRIGENTES

CUESTIONARIO. ¿Qué cualidades ha de tener un dirigente que tenga pasta de jefe? ¿Cuáles han de ser las aspiraciones centrales de un jefe? ¿Cómo cultivar el idealismo que tanto necesita un dirigente? ¿Cómo fomentar el espíritu de organización?

¡Jefes! ¿Jefes! es el gran clamor de nuestra época. La civilización moderna, así como va nivelando los medios de transporte, de alumbrado, de diversión, va nivelando también los hombres y, por desgracia, nivelándolos por lo bajo. Se va produciendo un tipo de hombres que es standard, como es standard el tipo de autos que se construyen en un año… Todos tienen las mismas aspiraciones: gozar lo más que se pueda, con el mínimo de esfuerzo; apurar la felicidad de la vida con la fruición con que se chupa un buen habano, sin preocuparse de que también la pobre vida humana va a quedar dentro de muy poco reducida a una colilla inútil. Todos lamentan terriblemente este descenso de los valores humanos en la sociedad de nuestros días, envilecimiento de los ideales, falta de esfuerzo, falta de generosidad, inconciencia para juzgar las grandes realidades de la vida, insconstancia es lo comenzado. En el fondo de nuestra época bulle un inmenso egoísmo que empequeñece los hombres, mata los ideales generosos y corre peligro de hacer perecer nuestra sociedad. En estas circunstancias todos los hombres honrados y patriotas claman pidiendo ¡Jefes! ¡Jefes! hombres que sobresalgan de la masa, se impongan por su valor personal, su preparación, sus virtudes.

La Acción Católica también adolece del mismo defecto. Le hacen falta jefes. Las tropas podrían reunirse. Habría muchos soldados de buena voluntad que acudirían presto si encontrasen un jefe que los agrupara y los entusiasmara con ideales superiores encarnados en su misma vida. De hecho donde quiera que aparecen esos jefes, la A.C. cambia de aspecto. Por más abandonado que sea un barrio o un pueblo, por más frío que sea el ambiente de una parroquia, donde aparece un jefe auténtico se agrupan los católicos en torno suyo y renace la vida espiritual. Mil ejemplos podríamos citar para comprobarlo. La gracia del Espíritu Santo no falta. Lo que falta son colaboradores entusiastas de la obra de Dios, que comprendan su misión y se lancen a la conquista de las almas.

¿Qué cualidades se requieren para ser jefe? Un proverbio inglés dice que en toda gran empresa intervienen tres hombres: un soñador,un trabajador, un organizador. El jefe es la síntesis de los tres. Su misión es conducir. El jefe no se improvisa la víspera de un combate; ni cae de las nubes, ni es un artículo de importación. Es un hombre que tiene cualidades extraordinarias y las desarrolla:

Soñador es la primera cualidad que el citado adagio requiere en el jefe. Esto quiere decir idealismo, entusiasmo, corazón grande y generoso, que vibre ante ideales superiores. El jefe no puede considerar la vida únicamente bajo el punto de vista de sus obligaciones, sino de sus posibilidades; no se fija tanto en las sanciones que se seguirán de una determinada conducta cuanto en la belleza de su obrar en el sentido del ideal. Jóvenes de esta pasta los hay y no pocos. La juventud es la edad del heroísmo y la gracia de Dios depositada en los corazones fuerza por abrirse paso en muchas almas hacia planos superiores. El exceso del mal de la época en que nos ha tocado vivir excita en las almas nobles un deseo de cumbres. El jefe debe ser un perpetuo inconformista con el mal de su época; jamás resignado a la vulgaridad, jamás pactando con las pequeñeces e imperfecciones. Es lo suficientemente realista para saber que “es necesario que haya escándalo”, pero al mismo tiempo está lleno de esa confianza “que vence al mundo”. El es una perpetua oposición al mundo en lo que tiene de malo. Nunca se resigna al evangelio del pecado. Por eso es incomprendido: se le tacha de soñador, de quimérico, de quijote, y no por eso se desalienta. Observa el mal, lo juzga con serenidad, pero no lo hace norma de su vida, sino que procura cambiarlo; no es un iluso, sino un hombre de fe.

En cuanto a su vida interior, el jefe aspira a ser un santo. No pacta con la mediocridad. Participa del pensamiento de León Bloy “que la única tristeza que puede tener un cristiano es la de no ser un santo”. Le repugna una vida interior señalada únicamente por los límites del pecado y de la obligación. Aspira a darse enteramente a Dios, y no se asusta al proponerse como ideal de su vida el mismo de San Pablo: “mi vivir es Cristo”. “¿Qué haría Cristo en mi lugar?” es su pregunta en cada una de sus dificultades, y todos sus problemas los soluciona a la luz de ese Cristo cuya vida él prolonga. Y con todo esto no es escrupuloso, ni corazón achicado, pudibundo, ni mojigato… Goza de libertad de espíritu: de esa santa libertad de los hijos de Dios, ausente de miedos y puerilidades.

En cuanto a su acción, el jefe la contempla como integrada en el gran organismo que se llama humanidad, a la cual aspira levantar a la altura de los planes divinos; pretende influir en toda ella por su oración, por sus obras repletas de divinidad, por su incorporación en Cristo y por su influencia personal en el medio en que le cabe actuar. Sin timideces ni falsas humildades es audazmente conquistador; es atrevido, sin dejar de ser prudente; es divino, sin dejar de ser profundamente humano.

Estos ideales los cultiva mediante una formación interior seria. Vida espiritual intensa que procura basarse en un conocimiento íntimo y personal de Cristo. Para eso estudia su religión, conoce sus dogmas, medita cada día la vida de Cristo o sus enseñanzas o los ejemplos de los santos con el fin de asemejarse más a ellos. Uno de los jefes que más ha revolucionado el mundo en la época moderna al leer las vidas de Fco. de Asís y Domingo de Guzmán, decía: “Esto hizo Francisco, esto hizo Domingo, pues eso he de hacer yo”… Excelente escuela de jefes donde se despierta de ordinario la primera chispa de idealismo son los ejercicios espirituales.

Organizador ha de ser quien aspira a ser jefe. ¡Cuánto idealismo quedan en el aire y no logran realizarse jamás, porque el jefe no fué un organizador! Sobre todo, ¡Cuántas influencias no duran más que la vida de la persona, ni van más lejos de su irradiación personal por falta de una organización fuerte en que se encuadren esos ideales. Un jefe no puede contentarse con su acción personal que es muy limitada; eso indicaría falta de ideales. Para que esa acción trascienda más allá se necesita una fuerte organización. Es necesario someterse a una reglamentación, perder horas en movimiento de oficinas, en cartas y tarjetas y listas y cárdexs, en organizarse, por más que protesten los ultraidealistas, que nunca llegan a ser jefes auténticos, porque no tienen el inmenso valor de aceptar las realidades. Pierden su vida en ideales, discursos, en concepciones grandiosas y, tal vez por un verdadero complejo de inferioridad, protestan contra la organización. De ahí que al perderse su influencia personal desaparece su obra sin dejar rastros.

Si hay una obra que requiera organización es la A.C., precisamente por ser “católica”, esto es de proyecciones nacionales, más aun universales. Para una obra de estas proporciones es necesaria una organización, y una aceptación seria aunque no escrupulosa de los reglamentos. De aquí que un jefe de A.C. necesite como condición básica tener cualidades de organizador. No basta la plenitud de sus ideales, la facilidad de su palabra, la simpatía de su persona: ha de ser también profundamente realista y por tanto, también organizador.

Claro está que un hombre meticuloso, que haga de la organización el centro de un movimiento, fracasará. Fracasará también quien pretenda dar a una obra una organización mayor de la que puede soportar en el momento preciso de su desarrollo: esto equivaldría a cargar a David con las armas de Goliat… Y no menos fracasará quien pretenda urgir una organización donde faltan los ideales. Ideales primero, ideales intensos; sin ellos no podrá subsistir una organización; pero después de los ideales, organización.

¡Que nuestros jefes de A.C. colaboren en la organización del movimiento! Que se impongan el prosaico sacrificio de ser exactos en cumplir los acuerdos de los respectivos consejos, en enviar sus actas de oficialización, las tarjetas registros, los cambios de dirección, en exigir el pago de las cuotas, en no faltar a ninguna de las reuniones, en una palabra, en llevar adelante todo el pesado mecanismo de la organización, no porque la organización sea apostolado en sí, sino porque es una condición previa a todo apostolado fecundo, duradero, universal.

Trabajador es la tercera cualidad de un buen jefe. Que no se contente con soñar, ni con borronear planes de organización, sino que se esfuerce por llevarlos a la práctica aceptanto todos los sacrificios que sean necesarios para realizar sus planes. ¡Y cuántos sacrificios trae consigo la realización de cualquiera empresa de importancia, sobre todo si ésta es de orden espiritual! Incomprensiones, críticas, verdaderos boycots de parte de algunos, personalismos estrechos de parte de otros; la inconstancia de los colaboradores, la interpretación errada de sus mejores intenciones…. Esto de parte de los que colaboran con él, sin contar con las dificultades que nacen de uno mismo, que son con frecuencia las mayores; desaliento, pesadez de ánimo, cansancio, aburrimiento de la empresa, solicitaciones a una vida más libre, más alegre, más divertida… El apóstol ha de luchar consigo y con los demás. Si quiere ser en verdad apóstol ha de morir como el grano de trigo, ha de podrirse en la tierra para comenzar a germinar y, tal vez, los frutos no los vea él, sino los que vendrán después.

El jefe ha de ir siempre adelante en el trabajo: ha de enseñar a los otros a trabajar, más con su ejemplo que con palabras; no puede contentarse con ser un burócrata que ordena y contempla los trabajos de los demás.

Trabajo constante ha de ser el del jefe. Constancia es una virtud, por desgracia, muy poco común en nuestras tierras americanas, cuyos habitantes se mueven más por la gana que por el deber. Cuando tienen gana hacen cualquier sacrificio por más árduo que sea; cuando no tienen gana nada ni nadie puede sacarlos de su inercia… Esa vida de gana es una de la peores calamidades que puede ocurrir a un movimiento como el de la A.C.

Finalmente, el trabajo del jefe ha de ser un trabajo alegre. Y la alegría ha de ser una nota que encuadre y eleve todas sus actividades. No ir gimiendo y llorando con la carga; quejándose siempre de su asesor, de sus colaboradores, de los compañeros, de los tiempos que nunca encuentra buenos, de las costumbres que están pervertidas. Un Jeremías no sirve para jefe. Ha de ser alegre, e irradiar su alegría, con una franca y viril sonrisa en los labios, con un cántico en el alma. “Canta y avanza” era una consigna de San Agustín que podría darse a todos los jefes.

CONCLUSIONES. Dar inmensa importancia a la Escuela de Dirigentes, que cada año organiza el Consejo de la A.C.

Dar responsabilidades a los socios para ir descubriendo los que tienen pasta de jefes.

Formarse mediante la meditación, la práctica de los sacramentos, el espíritu de sacrificio para llegar a ser un jefe cristiano. El dirigente cristiano no está para ser servido, sino para servir.

RECAPITULACION. ¿Hay o no crisis de jefes en Chile? ¿A qué se debe esta crisis de jefes? ¿Cómo podríamos formar jefes auténticamente cristianos? ¿Qué podríamos hacer en nuestro Centro por formar mejor a nuestros dirigentes?

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