Domingo del Buen Pastor.

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Hoy domingo segundo después de Pascua, es la dominica del Buen Pastor y leemos en la epístola del apóstol S. Pedro: “éramos como ovejas descarriadas; pero ya os habéis convertido a Jesús, Pastor y Obispo de vuestras almas, que os dio vida  con su muerte. Y pues Él padeció por nosotros, deber nuestro es caminar sobre sus huellas”.

En tiempo pascual el sacerdote reza los Alleluiaticos antes de proclamar el Santo Evangelio, propios de cada domingo:

Aleluya, aleluya. Conocieron los discípulos al Señor Jesús en el partir el pan. 

Aleluya. Yo soy el buen Pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen.

Alleluia, Alleluia. Congnoverunt discipuli Dominum Iesum in fractione panis.
Alleluia. Ego sum pastor bonus; et cognosco oves meas, et cognoscunt me meae.
A continuación dejamos un extracto de la vida del Santo Padre Pío X, relacionado a su programa pontificio:

Su “programa pontificio” no buscaba ser otro que el del Buen Pastor: empeñado seriamente en alimentar, guiar y custodiar al humano rebaño que el Señor le encomendaba, así como buscar a las ovejas perdidas para atraerlas hacia el redil de Cristo.

En este sentido su primera encíclica nos da una muy clara idea de lo que el santo Papa buscaría desarrollar a lo largo de todo su pontificado:

E supremi apostolatus cathedra eran las primeras palabras de esta “encíclica programática”, en la que comenzaba compartiendo los temores que le acometieron ante la posibilidad de ser elegido como el próximo timonel de la Barca de Pedro. El no se consideraba sino un indigno sucesor de un Pontífice que 26 años había gobernado a la Iglesia con extraordinaria sabiduría, prudencia y pastoral solicitud: S.S. León XIII.

Una vez elegido, no le cabía duda alguna de que el Señor le pedía a él sostener firmemente el timón de la barca de Pedro, en medio de una época que se presentaba como muy difícil. En la mencionada encíclica su diagnóstico aparecerá muy preciso y certero: «Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura».

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Considerando estas cosas, el Santo Padre lanza entonces su programa. En él recuerda a todos, como hombre de Dios que es, que su misión es sobre todo la de apacentar el rebaño de Cristo y la de hacer que todos los hombres se vuelvan al Señor, en quien se encuentra el único principio válido para todo proyecto de convivencia social, ya que Él, en última instancia, es el único principio de vida y reconciliación para el mismo ser humano. Sentada esta sólida base, proclamó nuevamente en esta encíclica la santidad del matrimonio, alentó a la educación cristiana de los niños, exigió la justicia de las relaciones sociales, hizo recordar su responsabilidad de servicio a quienes gobiernan, etc.

La fuerza con la que S.S. Pío X quería contar para esta monumental tarea de instaurarlo todo en Cristo era la fuerza de la santidad de la Iglesia, que debía brillar en cada uno de sus miembros. Por eso llamó a ser colaboradores suyos, en primer término, a los hermanos en el sacerdocio: sobre todo en ellos —por ser “otros Cristos”— debía resplandecer fulgurante la llama de la santidad. Llamados a servir al Señor con una inefable vocación, habían de ser ellos los primeros en llenarse de la fuerza del Espíritu divino, pues “nadie da lo que no tiene”, ¿y cómo podrían ellos, los especialmente elegidos para esa misión, instaurarlo todo en Cristo si no era el suyo un corazón como el corazón sacerdotal del Señor Jesús, ardiente en el amor y en la caridad para con los hermanos? Sólo con una vida santa podrían sus sacerdotes ser portadores de la Buena Nueva del Señor Jesús para todo su Pueblo santo.

Recordará entonces que es competencia de los Obispos, como principales y últimos responsables, el formar este clero santo. ¡Este era un asunto de la mayor importancia!, y por ello los seminarios debían ser para sus Obispos como “la niña de sus ojos”: ellos deben mostrar un juicio certero para aceptar solamente a quienes serán aptos para cumplir con perpetua fidelidad las exigencias de la vocación sacerdotal; han de brindarles una preparación intelectual seria; han de educar a sus sacerdotes para que su prédica constituya un verdadero alimento para los feligreses, y para que sean capaces de llevar adelante una catequesis seria para alejar la ignorancia religiosa de los hijos de la Iglesia; han de enseñarles —con el ejemplo— a vivir una caridad pastoral sin límites; han de educarlos en el amor a una observante disciplina; y como fundamento de todo, han de habituarlos a llevar una sólida y profunda vida espiritual.

El Santo Padre, para esta gran tarea de renovación en Cristo, fijó sus ojos asimismo en los seglares comprometidos: siempre fieles a sus obispos, los exhortaba a trabajar por los intereses de la Iglesia, a ser para todos un ejemplo de vida santa llevada en medio de sus cotidianos afanes.

Enciclica: http://www.mercaba.org/PIO%20X/acerbo_nimis.htm

Manuel Morales.

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Nada más engañoso que el corazón; ¿Quién lo entenderá? (Jeremías 5,9)

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Hasta hace unos pocos días en el ámbito eclesial aceptar públicamente ser miembro de la FSSPX (aún en la Tercera Orden como en mi caso) significaba tener la consideración, amistad y apoyo de algunas personas “buenos católicos” deseosos de ortodoxia y ortopraxis en la Iglesia, gente devota, amantes de Jesús Sacramentado, de María Santísima, de los Santos, y léase bien: defensores del Vicario de Cristo, a la vez que alababan la lucha tenaz y valerosa de S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre de santa memoria, en contra de las innovaciones modernistas introducidas en la Iglesia después del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Por otro lado la misma aceptación significaba recibir de los sectores modernos (desde los moderados hasta los más liberales y progresistas) las constantes burlas, ataques, condenas por la supuesta adhesión a lo que ellos gustaban llamar “cisma lefebvriano”, por desobediencia al Papa y al magisterio posconciliar. Hasta crearon términos peyorativos para etiquetar el grado de adhesión al supuesto cisma: Integristas, lefebvristas, lefebvrianos, filolefebvrianos y un largo Etc.

El pasado martes, un gran número de páginas, blogs, alborotaron las aguas publicando una noticia de un conocido vaticanista, en que se aseguraba que S.E.R. Monseñor Bernard Fellay, Superior General de la FSSPX había firmado el preámbulo doctrinal que se le había entregado en Septiembre del año pasado como requisito para el reconocimiento oficial y canónico de la Fraternidad. De forma casi inmediata la noticia (que al día siguiente fue rectificada, aclarada y hasta diríamos desmentida) se difundió como reguero de pólvora. Yo tuve la oportunidad de enterarme al recibir la llamada de una amiga, de los del segundo grupo ilustrado arriba, y que desde el extranjero me hacía para darme la “grata noticia” que Monseñor había firmado. En ese momento lo comenté con un par de personas cercanas y empezamos a ver como fluia la información en la red y cómo se daba el fenómeno que provocó el que yo esté escribiendo estas líneas como ejercicio de catarsis. Y es que aquellos que antes eran nuestros adversarios, críticos, jueces, jurado y verdugo que estaban listos para gritar el “Anatema” contra nosotros y ratificar con sus firmas la excomunión para la Fraternidad o encender la hoguera, ahora se habían transformado y se felicitaban de nuestro “regreso” (como si alguna vez nos hubiéramos ido de la Iglesia), alababan los esfuerzos del Santo Padre y felicitaban a Monseñor Fellay de haberse animado a dar ese paso.

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 Y bueno esperábamos los ataques para ambos personajes (el Papa y Monseñor) de parte de los más rematados liberales. Pero… llegaron antes los ataques de aquellos que mencioné al principio como amigos. Ahora Monseñor no era más el incansable Obispo que hemos visto recorrer el mundo con la colaboración de los otros tres obispos de la Fraternidad para visitar, animar y santificar por medio de los sacramentos a los fieles. No es más el prudente sucesor de Monseñor Lefebvre que nos ha enseñado a recurrir a nuestra Señora con incansables rosarios para que no prevalezcan los intereses personales sino se manifieste la voluntad de Dios y que pronto veamos derrotados a los enemigos internos y externos de la Iglesia. Ahora Monseñor Fellay según estos nuestros hermanos es el causante de la “tragedia” que se avecina a la Fraternidad. Es el que escupe sobre la memoria de Monseñor Lefebvre y que traiciona su episcopado por claudicar y doblegarse ante la Roma Modernista. Y claro ahora ellos son los únicos que quedan clarividentes de la situación de la Iglesia, verdaderos intérpretes del Magisterio auténtico de la Iglesia y obvio, del pensamiento, dichos y obras de Monseñor Lefebvre. Dicho sea de paso que todo esto amparados y animados por uno o varios sacerdotes que en algún momento fueron parte de la Fraternidad y que como muchos a lo largo de los casi 42 años de vida que ésta tiene, se han separado y que en la generalidad de los casos andan por el mundo como curas vagos (claro es más fácil vivir sin dar cuentas a ningún superior).

Con cuánta seguridad, podemos repetir las palabras de Jeremías que supo lo que era ser incomprendido, perseguido, condenado, y que había experimentado seguramente la infelicidad del hombre que pone su confianza en otro hombre, pero también muy por encima la bienaventuranza de quien pone su confianza en el Señor: Nada más engañoso que el corazón del hombre; ¿Quién lo entenderá?

Ya lo hemos dicho repetidas veces, nos encontramos en tiempos de grande confusión y nuestra seguridad y firmeza no pueden sino fijarse en el Señor que es Pastor, Guía y Cabeza de la Iglesia. Es sólo en el Señor y en su Santísima Madre en quienes podemos confiar y a quienes podemos encomendar los destinos de la Santa Iglesia y hoy por hoy los de nuestra querida Fraternidad Sacerdotal San Pio X.
Monseñor Lefebvre, ese grande apóstol de nuestr

o tiempo, a quienes muchos han odiado y atacado por más de cuarenta años, el mismo a quienes otros hoy con un celo amargo dicen defender e interpretar, el mismo a quienes otros no nos atrevemos sino a amar como hijos y suplicar sus ruegos en el cielo. El mismo nos enseña a no adelantarnos nunca a la Providencia, esto es no desesperarnos, no sentirnos derrotados, abandonados, pues el remedio a las crisis de nuestras almas, de la sociedad, de la iglesia, están sólo en las Manos Providentes de Dios, que sabe sacar luz, orden, belleza y perfección de donde solo reina el caos y la nada.

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Si usted ha tenido la paciencia y ha podido aguantar leerme hasta aquí, déjeme pedirle un favor: no deje de confiar, no deje de esperar y trabajar por el Triunfo de los Sagrados Corazones sobre las fuerzas del mal. Pero déjeme ir un poquito más allá y sea usted tradi, progre, integrista, liberal, lefebvrista, modernista o filolefebvrista,,, sea cual sea la etiqueta que le hayan puesto en esta triste etapa de la historia de nuestra Iglesia, si debajo de esa etiqueta que le han puesto logra descubrir en su alma el sello de “CATÓLICO” que le fue impreso el día de su bautismo, deje que le pida algo como caridad y lo hago con toda la seriedad y solemnidad que puedo,,,se lo pido por caridad: ofrezca un Ave María con el mayor amor de hijo que pueda a nuestra Poderosa Reina y Señora, para que ella que tiene el poder de aplastar la cabeza de la serpiente, ella que llorando mostro en La Sallete las desgracias que se venían sobre la tierra, ella que en Fátima nuevamente avisó de lo mucho que el Santo Padre y la Iglesia debían sufrir, pero que nos da la esperanza que al final su Corazón Inmaculado triunfará, traiga la paz y la concordia al seno de la Iglesia y pronto disipe las tinieblas del error y odio que reinan entre hermanos. ¿Es mucho pedirle ese acto de caridad? Creo que no.

Que Dios se lo pague.

¡Cor Iesu adveniat regnum tuum. Adveniat per Mariam!
Sagrado Corazón de Jesús, venga a nosotros tu reino. Venga por María

Rafaél Enrique Morán Pineda
Terciario FSSPX.

Ave Cor Mariae!!!


 

 

 

Domingo “In albis”

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El Segundo Domingo de Pascua recibe varios nombres: de «Santo Tomás», porque se proclama el Evangelio de la incredulidad y posterior confesión del Apóstol (Jn 20, 19-31); también Domingo «de la Octava», pues en él culmina la Octava de Pascua, que es como un gran Domingo. La misma perícopa del Evangelio hace mención a la Octava, cuando dice que Jesús se volvió a aparecer a sus discípulos en el Cenáculo ocho días después del primer día de la semana (Jn 20, 26).

El nombre de «Dominica in albis» es uno de los más antiguos. En realidad es «in albis vestibus depositis», es decir, cuando los neófitos (los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual), asistían dicho Domingo a la celebración de la Santa Misa, habiendo ya depuesto (en las vísperas del sábado de la Octava) sus albas o vestiduras blancas, recibidas aquella noche en que renacieron a la vida eterna y que habían vestido durante toda la Octava. 

Palabras del P. Mario Trejo, Sermon en la Ciudad de San Salvador, El salvador.

 

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“Si no amamos a Maria, no nos vamos a salvar”

“Rezar el rosario es muy, muy accesible… Hay que entusiasmarse por rezar el Rosario, el rosario es un tiempo de estar con la virgen Nuestra Señora, un tiempo en lo que uno ve lo mal de su corazón, que no somos dignos de ser hijos de Maria, hijos de Dios; cuando uno ve su maldad, pero lo ve bajo la óptica de una madre buena, que intenta animar”

“El amor a la virgen es el lugar sagrado en nuestro corazón, tenemos una mamá, una mamá del cielo, que nos va a salvar y que va a salvar la Iglesia”

“El amor de madre salva al corazón del hijo” 

P. Mario Trejo FSSPX, Superior de distrito de México. (6/Diciembre/2011)

Extracto de Sermón en la Santa Misa de la vigilia de Resurrección (Semana Santa 2012)

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Las siguientes lineas son parte del Sermón predicado por el Padre Michael Boniface en la capilla de la misión de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, en la ciudad de San Salvador:

“Donde hay espíritu cristiano, hay espíritu de Sacrificio”

“Sean hijos de Maria, Nuestra santísima madre sufrió TANTO delante de la cruz… Una espada de dolor atravesó su corazón para merecer nuestra salvación… El rosario es una oración Varonil”

“Tengan amor a la Misa”

“Les suplico hermanos,  vivamos de las virtudes, no solamente el mínimo básico de los diez mandamiento, el cristiano esta llamado a algo más, «sed perfectos como su padre celestial es perfecto», «Sed santos porque yo soy Santo» dice el Señor. Hagamos que nuestro cristianismo sea amable, con nuestra bondad, caridad, paciencia, dulzura… ¿Porque las almas están tan hartas de este mundo paganizado y duro, que apenas ven las uñas, ellos sacan acero? porque están acostumbrados a esas cosas; que la gente nos tenga respeto por nuestro comportamiento.” Sigue leyendo

EFECTOS DE LA PASIÓN DE CRISTO

Queridos fieles:

 La Cuaresma  y especialmente el tiempo de la SEMANA SANTA es tiempo de renovación espiritual para seguir a nuestro Señor y aprovechar de los frutos de su Pasión.

Con su pecado de desobediencia, Adán perdió la gracia santificante, se hizo enemigo de Dios y siervo del pecado y del demonio; cerró la puerta de la vida eterna delante de todos sus hijos. Pero Dios misericordioso nos dio a su Hijo como Salvador. Nuestro Señor Jesucristo por su Pasión, es decir, agonía, flagelación coronación de espinas, cruz y muerte nos mereció el perdón.

He aquí en breve los frutos de la Pasión de Nuestro Señor explicados por Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica y resumidos por el R. P. Antonio Royo Marín en su libro Jesucristo y la vida cristiana, Madrid, BAC , 1961, páginas 335- 340, n307- 313.

Ojala todos pudiéramos aprovechar de los frutos de la Pasión de Cristo, Nuestro Señor y tener la caridad de hacer conocer el tesoro que Cristo pone a nuestra disposición.

P. Michael Boniface, FSSPX

Los frutos de la pasión DE Cristo, NUESTRO SEÑOR

Santo Tomás expone seis efectos de la pasión de Cristo: Los cinco primeros afectan a los redimidos, y el último al mismo Cristo. Son los siguientes:

  1. -Liberación del pecado,
  2. -Del poder del diablo,
  3. -De la pena del pecado,
  4. -Reconciliación con Dios,
  5. -Apertura de las puertas del cielo,
  6. -Exaltación del propio Cristo.

I) Liberación del pecado

Leemos en el Apocalipsis de San Juan (1,5): “Nos amó y nos limpió de los pecados con su sangre”. “En quien tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados” (Eph I,7). Dice Cristo por San Juan, “quien comete el pecado es esclavo del pecado” (IO 8,34). Y San Pedro dice: “cada uno es siervo de aquel que le venció” (2 Petr 2, I9). Pues como el diablo venció al hombre induciéndole a pecar, quedó el hombre sometido a la servidumbre del diablo.

Como explica Santo Tomás (III 49,1), la pasión de Cristo es la causa propia de la remisión de los pecados por tres capítulos:

a) Porque excita en nosotros la caridad para con Dios al contemplar el amor inmenso con que Cristo nos amó, pues quiso morir por nosotros precisamente cuando éramos aún enemigos suyos (Rom 5, 8-10).

Pero la caridad nos obtiene el perdón de los pecados, según leemos en San Lucas (7,47): Le son perdonados sus muchos pecados porque amó mucho”.

b) Por vía de redención. Siendo El nuestra cabeza, con la pasión sufrida por la caridad y obediencia nos libró, como miembros suyos, de los pecados pagando el precio de nuestro rescate; como si un hombre mediante una obra meritoria realizada con las manos, se redimiese de in pecado que había cometido con los pies.

Porque así como el cuerpo natural es uno, no obstante constar de diversidad de miembros, así toda la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo, se considera como una sola persona con su divina Cabeza[1].

c) Por vía de eficiencia, en cuanto la carne de Cristo, en la que sufrió su pasión, es instrumento de la divinidad; de donde proviene que los padecimientos y las acciones de Cristo producen por la virtud divina la expulsión del pecado.

Con su pasión nos liberó Cristo de nuestros pecados causalmente, o sea, instituyendo la causa de nuestra liberación en virtud de la cual pudieran ser perdonados los pecados en cualquier tiempo pasado, presente o futuro que sean cometidos; como si un médico preparara una medicina con la cual pudiera curarse cualquier enfermedad, aun en el futuro

La pasión de Cristo fue la causa universal de la remisión de los pecados de todo el mundo; pero su aplicación particular a cada pecador se hace en el bautismo, la penitencia y los otros sacramentos, que tienen el poder de santificarnos en virtud de la pasión de Cristo.

También por la fe se nos aplica la pasión de Cristo para percibir sus frutos, cono dice San Pablo a los Romanos (3,25): “Dios ha puesto a Cristo como sacrificio propiciatorio mediante la fe en su sangre”.

Pero la fe por la que se limpian los pecados no es la fe informe, que puede coexistir con el pecado, sino la fe informada por la caridad (Gal. 5,6), para que de esta suerte se nos aplique la pasión de Cristo no sólo en el entendimiento, sino también en el afecto, es decir, en la voluntad. Y por esta vía se perdonan los pecados en virtud de la pasión de Cristo.

II) Liberación del poder del diablo

Al acercarse su pasión, dijo el Señor a sus discípulos: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo, si fuese levantado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Juan 12, 31-32).

“Y (Cristo), despojando a los príncipes y  a las potestades, los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz “ (Col 2,15). “para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebr 2,I4).

Escuchemos la hermosa exposición de Santo Tomás (III 49,2): “Acerca del poder que el diablo ejercía sobre los hombres antes de la pasión de Cristo hay que considerar tres cosas:

1-Por parte del hombre, que con su pecado mereció ser entregado en poder del diablo, que con la tentación le había superado. Y en este sentido la pasión de Cristo liberó al hombre del poder del diablo causando la remisión de su pecado.

2-Por parte de Dios, a quien ofendió el hombre pecando, y que, en justicia, fue abandonado por Dios al poder del diablo. La pasión de Cristo nos liberó de esta esclavitud reconciliándonos con Dios.

3-Por parte del diablo, que con su perversísima voluntas impedía al hombre la consecución de su salud. Y en este sentido nos liberó Cristo del demonio triunfando de él con su pasión.

 Como dice San Agustín, era justo que quedaran libres los deudores que el demonio retenía, en virtud de la fe en Aquel a quien, sin ninguna deuda, había dado muerte maquinando contra El”.

Para completar la doctrina hay que añadir las siguientes observaciones:

1-El demonio no tenía antes de la pasión de Cristo poder alguno para dañar a los hombres sin la permisión divina, como aparece claro en el libro de Job (Job I,12; 2,6). Pero Dios se lo permitía con justicia en castigo de haberle prestado asentimiento a la tentación con que les incitó al pecado.

2-También ahora puede el diablo, permitiéndolo Dios, tentar a los hombres en el alma y vejarlos en el cuerpo; pero tienen preparado el remedio en la pasión de Cristo, con la cual se pueden defender de las impugnaciones del diablo para no ser arrastrados al abismo de la condenación eterna.

Los que antes de la pasión resistían al diablo por la fe en esta futura pasión podían también obtener la victoria sobre él; pero no podían evitar el descenso provisional a los infiernos [limbo de los Patriarcas, los santos del Antiguo Testamento], de lo que nos liberó Cristo con su pasión.

3-Permite Dios al diablo engañar a los hombres en ciertas personas, lugares y tiempos, según las razones ocultas de los juicios divinos. Pero siempre tienen los hombres preparado por la pasión de Cristo el remedio con que se defiendan de la maldad del diablo aun en la época del anticristo. Si algunos descuidan valerse de este remedio, esto no dice nada contra la eficacia de la pasión de Cristo. (“Y (Cristo), despojando a los príncipes y  a las potestades, los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz “ (Col 2,15). “Para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebr 2,I4).)  Ver la suma teológica  pag 490

III) Liberación de la pena del pecado

El profeta Isaías (53,4) había anunciado de Cristo: El fue, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores con el fin de liberarnos de la pena de nuestros pecados.

De dos maneras –escribe Santo Tomás (III 49,3)- fuimos liberados por la pasión de Cristo del reato de la pena: directamente, en cuanto que fue suficiente y sobreabundante satisfacción por los pecados del mundo entero, y, ofrecida la satisfacción, desaparece la pena; e indirectamente, en cuanto que la pasión de Cristo es causa de la remisión del pecado, en el que se funda el reato de la pena”.

Nótese lo siguiente

1º La pasión de Cristo produce su efecto satisfactorio de la pena del pecado en aquellas a quienes se aplica por la fe, la caridad y los sacramentos. Por eso los condenados del infierno, que no se unen a la pasión de Cristo por ninguno de esos capítulos, no perciben el fruto de la misma.

2º Para conseguir el efecto de la pasión de Cristo es preciso que nos configuremos con El. Esto se logra sacramentalmente por el bautismo, según las palabras de San Pablo: “Con El hemos sido sepultados por el bautismo, para participar de su muerte” (Rom 6,4). Por eso a los bautizados ninguna pena satisfactoria se impone, pues por la satisfacción de Cristo quedan totalmente liberados. Mas porque “Cristo murió una sola vez por nuestros pecados”, como dice San Pedro (I Pedro 3,18), por eso no puede el hombre configurarse segunda vez con la muerte de Cristo recibiendo de nuevo el bautismo. Esta es la razón por la cual los que después del bautismo se hacen reos de nuevos pecados necesitan configurarse con Cristo paciente mediante alguna penalidad o pasión que deben soportar. La cual, sin embargo, es mucho menor de lo que exigiría el pecado, por la cooperación de la satisfacción de Cristo.

3º La pasión de Cristo no nos liberó de la muerte corporal –que es pena del pecado-, porque es preciso que los miembros de Cristo se configuren con su divina Cabeza. Y así como Cristo tuvo primero la gracia en el alma junto con la pasibilidad del cuerpo, y por la pasión y muerte alcanzó la gloria de la inmortalidad, así también nosotros, que somos sus miembros, hemos de configurarnos primeramente con los padecimientos y la muerte de Cristo, como dice San Pablo, a fin de alcanzar con El la gloria de la resurrección (Phil 3,10-; Rom 8,17).

IV) Reconciliación con Dios

El apóstol San Pablo dice que “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom 5,10).

De dos maneras –dice Santo Tomás (III 49,4) la pasión de Cristo fue causa de nuestra reconciliación con Dios: destruyendo el pecado, que nos enemistaba con El, y ofreciendo un sacrificio aceptísimo a Dios con la inmolación de sí mismo. Así como el hombre ofendido se aplaca fácilmente en atención de un obsequio grato que le hace el ofensor, así el padecimiento voluntario de Cristo fue un obsequio tan grato a Dios que, en atención a este bien que Dios halló en su naturaleza humana, se aplacó de todas las ofensas del género humano por lo que respecta a aquellos que del modo que hemos dicho se unen a Cristo paciente.

Porque la caridad de Cristo paciente fue mucho mayor que la iniquidad de los que le dieron muerte, y así la pasión de Cristo tuvo más poder para reconciliar con Dios a todo el género humano que la maldad de los judíos para provocar su ira”.

V) Apertura de las puertas del cielo

San Pablo escribe en su epístola a los Hebreos (10,19): “En virtud de la sangre de Cristo tenemos firme confianza de entrar en el santuario que El nos abrió”, esto es, en el cielo, cuyas puertas estaban cerradas por el pecado de origen y por los pecados personales de cada uno.

Pero Cristo, en virtud de su pasión, nos liberó no sólo del pecado común a toda la naturaleza humana, sino también de nuestros pecados personales, con tal que nos incorporemos a El por el bautismo o la penitencia (III 49, 5).

Los patriarcas y los justos del antiguo Testamento, viviendo santamente, merecieron la entrada en el cielo por la fe en la futura pasión de Cristo (Hebr 11,33), por la cual cada uno se purificó del pecado en lo que tocaba a la propia persona. Pero ni la fe ni la justicia de ninguno era suficiente para remover el obstáculo proveniente del reato de toda la naturaleza humana caída por el pecado de Adán.

Este obstáculo fue quitado únicamente por la pasión de Cristo al precio de su sangre. Por eso, antes de la pasión de Cristo, nadie podía entrar en el cielo y alcanzar la bienaventuranza eterna, que consiste en la plena fruición de Dios.

VI) Exaltación del propio Cristo

En su maravillosa epístola a los Filipenses escribe el apóstol hablando de Cristo: “Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús doble rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2,8-11).

Escuchemos la bellísima explicación de Santo Tomás (III 49,6):

“El mérito supone cierta igualdad de justicia entre lo que se hace y la recompensa que se recibe. Ahora bien: cuando alguno, por su injusta voluntad, se atribuye más de lo que se le debe, es justo que se le quite algo de lo que le es debido, como “el ladrón que roba una oveja debe devolver cuatro”, como se preceptuaba en la Ley de Dios (Ex 22,1).

Y esto se llama “merecer”, en cuanto que con ello se castiga su mala voluntad. Puede de la misma manera, cuando alguno, por su voluntad justa, se quita lo que tenía derecho a poseer, merece que le añada algo en recompensa de su justa voluntad; por eso dice San Lucas: “El que se humilla será ensalzado” (Lc. 14,11).

Ahora bien: Cristo se humilló en su pasión por debajo de su dignidad en cuatro cosas:

1-En soportar la pasión y la muerte, de las que no era deudor. Y por ello mereció su gloriosa resurrección.

2-En el lugar, ya que su cuerpo fue depositado en el sepulcro y su alma descendió a los infiernos. Y por ello mereció su admirable ascensión a los cielos, según las palabras de San Pablo a los Efesios: “Bajó primero a las partes inferiores de la tierra. Pues el que descendió es el mismo que subió sobre todos los cielos para llenarlos todo” (Efesios 4,9-10).

3- En la confusión y los oprobios que soportó. Y por ellos mereció sentarse a la diestra del Padre y que se doble ente El toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno.

4- En haberse entregado a los poderes humanos en la persona de Pilato, y por ello recibió el poder de juzgar a los vivos y a los muertos”.

Por favor propaguen estos consejos saludables y fortificantes durante esta santa Cuaresma.

¡HAGAMOS EL BIEN MIENTRAS SE PUEDE.

DESPERTAR A LAS ALMAS DE SU LETARGO ES OBRA DE CARIDAD.

 ES UNA GRNADE LIMOSNA!


[1] CONCEPTO DE REDENCIÓNEn sentido etimológico, la palabra redimir  (del latín re y emo =comprar) significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra.

Aplicada a la redención del mundo, significa, propia y formal justicia y de salvación, sacándole del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado mediante el pago del precio del rescate.

LAS SERVIDUMBRES DEL HOMBRE PECADOR.  Por el pecado el hombre había quedado sometido a una serie de esclavitudes o servidumbres: a) a la esclavitud del pecado;

b) a la pena del mismo;  c) a la muerte;  d) a la potestad del diablo, y  d) a la ley mosaica. Jesucristo nos liberó de todas ella produciendo nuestra salud por vía de redención.

¿Qué dice LA SAGRADA ESCRITURA? “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos” (Mt 20, 28). “Se entregó así mismo para redención de todos  (I Tim 2,6). “Habéis sido comprados a precio; glorificad, pues, a Dios es vuestro cuerpo” (I Cor 6,20). “Se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad” (Tit 2, I 499).“Habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de  vuestros padres, no con plata y oro corruptible, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha “ (I Petr I, I8-I9).