El Purgatorio

 

El Purgatorio es la obra maestra de la justicia y de la misericordia de Dios. San Juan en el Apocalipsis nos dice que nada manchado puede entrar en la Jerusalén celeste, esto es, en el Paraíso: «Non intrabit in eam aliquod coinquinatum» (Apocalipsis. 21, 27).

Pocas son, sin embargo, las almas privilegiadas que llegan al momento supremo de la muerte con la inocencia bautismal. El Espíritu Santo nos dice que aun el justo peca siete veces, o sea, muchas (Proverbios. 24, 16). «In multis delinquimus omnes»; todos faltamos y nos manchamos con muchas culpas, si no mortales, por lo menos veniales. Es cierto que con el arrepentimiento y con los Sacramentos podemos obtener el perdón de la misericordia divina, pero queda siempre la pena temporal que pagar. Para ello no es suficiente la pequeña penitencia que nos impone el confesor y las pocas penitencias y mortificaciones que nosotros mismos hacemos voluntariamente. Además, ¿quién nos asegura que en el momento de la muerte podremos lavar todas las culpas, aun las veniales, con una buena confesión? Desgraciadamente, aun cuando –como esperamos– nos presentemos delante del tribunal de Dios sin culpas graves, tendremos todavía muchas deudas que pagar y muchas imperfecciones que purificar.

¿Y entonces? La justicia de Dios no nos puede admitir, imperfectos como estamos y manchados, a la bienaventuranza eterna, al goce purismo de su visión. ¿Nos rechazará entonces como rechaza de si a quienes mueren en pecado mortal y son condenados al fuego eterno? No; si la justicia de Dios es infinita, también lo es su misericordia. He ahí el Purgatorio, donde las almas muertas en gracia de Dios, pero llenas aún de escorias, imperfecciones y deudas temporales que pagar, encuentran el modo de purificarse y de hacerse dignas del premio eterno. Agradezcamos a Dios este gran don que es el último de la cadena preciosa de su misericordia infinita y que un día nos permitirá subir puros y limpios a su vista beatífica.

El culto de los difuntos y por tanto la creencia en un lugar de expiación y purificación de las almas en el más allá, se remonta no sólo a los orígenes de la Iglesia, sino aun a los comienzos de la humanidad. El mismo Lutero, aun negando soberbiamente el Purgatorio, debió reconocer esta creencia tan antigua y universal que es consagrada por la tradición de la fe y por la misma razón humana. Esta creencia se encontraba ya entre los pueblos paganos, como lo atestiguan los mayores escritores antiguos, Homero, Esquilo, Sófocles, Platón, Virgilio y las antiquísimas inscripciones funerarias. Entre los hebreos por otra parte la doctrina es afirmada manifiestamente en la Sagrada Escritura, en la que se narra que Judas Macabeo, después de la conquista de Yamnia, hizo una colecta de doce mil dracmas de plata con la que se ofrecieron sacrificios a Dios en sufragio de los difuntos. Y el texto sagrado subraya: «Es pensamiento santo y saludable orar por los difuntos, para que les sean perdonados sus pecados» (2 Macabeos. 12, 46).

También en el Nuevo Testamento se encuentran testimonios bastante claros de esta doctrina. Jesús habla de pecados que no podrán perdonarse en esta vida ni en la otra (San Mateo 12, 31-32), de lo cual ya los Santos Padre deducen que hay pecados (veniales) que pueden purificarse y perdonarse después de la muerte. Además San Pablo (I Corintios. 3, 10-15), habla de obras imperfectas (pecados veniales) que serán expiadas y purificadas en el fuego, después de la muerte. Esto evidentemente, no puede suceder en el infierno, sino solamente en el Purgatorio. Es imposible dar cuenta aquí de todos los testimonios de los Padres y escritores eclesiásticos que dan fe de esta doctrina desde los comienzos de la Iglesia. Por otra parte, tales testimonios no puede negarlos nadie; son dominio perenne de la tradición, tradición que el Concilio de Trento recogió, Sesión 25, proclamando la existencia del Purgatorio y la obligación de los fieles de hacer sufragios por los difuntos que están expiando allí sus pecados.

Gran consuelo para nuestro corazón. Consuelo también para nosotros que un día podremos purificarnos de los residuos de toda culpa y fragilidad y que hoy podemos y debemos unirnos con la oración a nuestros seres queridos difuntos y ayudarlos con nuestros sufragios.

Meditaciones para todos los días del año, Cardenal Antonio Bacci, Bilbao 1967, p.671-689.

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