El rey que no reina

Cristo Rey

 

¡Cristo Rey quiere reinar! Él manifiesta esta voluntad en la oración delPadrenuestro compuesto por Él mismo y que rezamos todos los días: Adveniat regnum tuum, venga a nosotros tu reino. Quiere conquistar las almas, las familias, las sociedades y el mundo entero. Para extender su cetro en el universo envió a sus apóstoles y discípulos a enseñar a todas las naciones. Esta misión se viene perpetuando desde hace dos mil años por los sacerdotes y los misioneros, y no finalizará sino cuando el Rey de reyes vuelva en gloria el último día para juzgar a los vivos y a los muertos.

Sin embargo, duele comprobar que este discurso claro haya desaparecido hoy en día de la boca de las autoridades de la Iglesia Católica. En nombre de la libertad religiosa exaltada durante el Concilio Vaticano II, ya no hay nadie que defienda los derechos de Dios sobre los hombres y la sociedad. Ayer los Papas pedían a los gobernantes proteger y sostener la Iglesia, como así también ajustar las leyes civiles a la ley divina expresada en los Mandamientos. ¡En la actualidad todo es al revés! Lo único que la Santa Sede pide a las autoridades civiles es que concedan libertad a la Iglesia Católica: la libertad de coexistir junto a las otras religiones. Leamos estas palabras del Papa Pablo VI dirigidas a los gobernantes: “¿Y qué pide ella de vosotros, esa Iglesia, después de casi dos mil años de vicisitudes de todas clases en sus relaciones con vosotros, las potencias de la tierra (…) no os pide más que la libertad: la libertad de creer y de predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida”.

Ayer los Papas pedían a los Estados que volviesen a Cristo para recuperar la paz y la tranquilidad. Hoy el Papa Francisco propone diálogo y encuentro como únicos remedios a los males de nuestra época. Lo vemos en lo que decía en las últimas Jornadas Mundiales de la Juventud, durante cuyo transcurso se masacró a la liturgia y se ultrajó la Sagrada Eucaristía: “El único modo de que una persona, una familia, una sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio (…) Hoy, o se apuesta por el diálogo, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos perdemos. Por aquí va el camino fecundo”.

Monseñor Lefebvre no cesó de enseñar la fe en Cristo Rey, del cual fue un heraldo. He aquí lo que decía en un sermón:

“No hay más que un nombre sobre la tierra para transformar las almas, la civilización, incluso los cuerpos, la sociedad y la economía. Es el nombre de Jesucristo. No hay que ir a buscar a otra parte. Se quiere transformar la sociedad, se la quiere hacer viable, se quiere hacerla santa; se quiere hacerla también económicamente sana, políticamente sana: el medio es nuestro Señor Jesucristo. Me fui de África con la convicción de que no había más que un medio para salvar las almas y, al mismo tiempo, para darles una civilización cristiana aquí abajo, de hacerlas participar un poco aquí en la tierra, mediante la felicidad que da la gracia, de la felicidad del cielo: ese medio es el reino de Nuestro Señor Jesucristo”.

Tomado de: “El Rey rechazado”, revista Iesus Christus, Padre Christian Bouchacourt, Superior de Distrito América del Sur. 

Para leer articulo completo: http://www.fsspx-sudamerica.org/fraternidad/index.php

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