TiempoLitúrgico

EL TIEMPO DE CUARESMA

Miercoles de Ceniza 2

Origen y vicisitudes de la Cuaresma.

La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahinco ha de procurarse la compunción del corazón.

Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la “Didascalia”, en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma; pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de éste de sola la Semana Santa.

El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esa fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.

Pero lo que ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente, en aquellos primeros siglos, es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas en ella la Semana Santa, y excluyéndola otras. En una cosa, empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó, por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el miércoles de ceniza, que por eso se llamó caput jejunii o “principio del ayuno”.

Tomado de statveritas.com.ar

Fiesta de la Sagrada Familia

20130113-092956.jpg El evangelio de hoy (San Lucas, 2, 42-52) nos recuerda que María y José llevaron al niño Jesús al templo, para cumplir con lo que estaba mandado por la ley, cuando los niños llegaban a los doce años de edad.
¡Qué lecciones tan hermosas nos da hoy la Sagrada Familia en esta domínica que la Iglesia le ha dedicado! Bellas las enseñanzas que los padres deberían grabar en sus corazones, para dar siempre a sus hijos no sólo de palabra, sino con el ejemplo, una educación verdaderamente cristiana. Los padres que descuidan la educación religiosa de sus hijos pagan con lágrimas lo que muchas veces ya no tiene remedio. La fe y el temor de Dios forman hijos amantes y respetuosos de sus mayores, y, por el contrario, el que no respeta a Dios no es respetado de sus descendientes.
Los hijos deben de obedecer a sus padres en todo lo que no sea pecado, como Jesús, siendo Dios, obedecía a José y a María, y así vivirán largos años sobre la tierra. Dios bendice a los hijos obedientes y a las familias que honran al Señor.

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Domingo en la Octava de Navidad

PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

“Y el Niño Jesús crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él”.

El Niño Jesús como hombre crecía en cuanto al cuerpo, y su alma se llenaba de sabiduría. Él, como Dios, lo sabía todo ya, por la ciencia divina que el Verbo posee desde la eternidad; y como Dio resplandecía en Él la gracia habitual, de cuya plenitud todos debemos recibirla para alcanzar nuestra salvación eterna. Mas, como hombre, seguía el curso natural, desarrollandose y perfeccionandose en el cuerpo y en el alma. Y la gracia de Dios estaba con Él por la persona del Verbo, sin haber sido manchado en ningún momento con la mas minima sombra de pecado. Él, que era la santidad infinita y venia a rescatar nuestras almas, no podía ser en ningún momento esclavo del demonio, que había sido la causa de nuestra perdición. Alabemos, pues, al Niño Jesús como la profetisa Ana y recibamosle en nuestros corazones, como el anciano Simeon lo recibió en sus brazos.

Texto tomado de: “La predicación parroquial o sea Evangelio y Catecismo explicado con ejemplos para todos los domingos y fiestas del año.” Dr. D. Antonio J. Guasch, Pbro. cura parroco. Segunda edición.

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LA CUARESMA

Carta pastoral del Cardenal Giuseppe Sarto, fechada el 17 de Febrero de 1895, siendo entonces Patriarca de Venecia

y venerado hoy en todo el orbe católico como San Pío X.

Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la Santa Cuaresma, y de esta forma estar en actitud digna de recibir a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con esas palabras con las que la Santa Liturgia inicia este tiempo

de retiro, de ayuno y oración:

“Transcurrido el pasado tiempo en medio de la somnolencia y de una detestable indiferencia y ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y cubrámonos de ceniza, puesto el cilicio, y con ayunas y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido”.

Mas si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese demasiado para el espíritu de la Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo da vueltas a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la Fe” ( I San Pedro V, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de salvación.

La recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal, cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y elocuentes palabras fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis miembros, opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom.V).

REMEDIOS

El único medio para obtener esta liberación es combatir en nosotros esa raíz que es causa principal de nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo, habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.

¿Cómo podrá llevarse a cabo este prodigio?

Por el amor cristiano

y la virtud de la penitencia,

la abnegación del propio yo,

el abandono del mundo, las mortificaciones

y la cruz.

Para todos aquellos cristianos que no tienen el valor de imponerse otros sacrificios, se tornan necesarias aquellas virtudes practicas ya en los círculos paganos, pero conocidas solamente desde un punto de vista natural, tales como la templanza que regula el uso de las cosas opuestas a nuestro servicio y que afectan a nuestros sentidos, sin quedar prohibido el placer, pero limitándolo a ponerlo en conformidad con la razón y la santa Ley de Dios.

TEMPLANZA

Virtudes que en la Sagrada Escritura vienen plasmadas

en la abstinencia que modera el uso de los alimentos,

la sobriedad que nos aleja del exceso en el consumo de las bebidas alcohólicas,

la castidad que lleva a sus justos términos, dentro del deber, la inclinación carnal,

el pudor que nos defiende contra todo aquello capaz de dañar la pureza,

la humildad que nos hace que otorguemos a Dios todo el bien que podamos hacer

y la dulzura que mantiene al alma serena en la tranquilidad.

Todas estas virtudes, elevadas así al rango de su verdadera dignidad, deben ser practicadas.

Entiéndase bien que cuando recomendamos la templanza no exhortamos a que se deje el mundo alejándose del propio hogar, solamente queremos decir que permaneciendo en el mundo no sigan sin embargo sus preceptos, opuestos a una vida santa, ni practiquen sus obras, sino que dentro del mundo vivan con un cristiano distanciamiento. Tampoco quiero decir que maceren con austeridad sus cuerpos, sino que procediendo en toda obra con la necesaria virtud, mortifiquen las pasiones de tal manera que rindan un buen servicio al espíritu en lugar de oprimirlo y acallarlo. Tampoco deseo exhortar a que ayunen durante un número de días superior a lo ya establecido, sino que observen un ayuno discreto, el prescrito por la Santa Iglesia, que conoce bien la fragilidad de sus hijos: ayuno que desde la época antigua no nos recuerda sino que debemos sentirnos confundidos y humillados.

Dado que el hombre está compuesto de cuerpo y de espíritu, conviene añadir a la templanza de tipo corporal la templanza espiritual, la cual es más y más larga y penosa en la medida que resulta indispensable para resistir a ciertos impulsos, cortar ciertos afectos o poner orden en determinadas inclinaciones.

La templanza mesura el uso de las cosas de la tierra, nos pone en guardia en cuanto a la vestimenta, amor de los placeres, el deseo de conocer y saberlo todo, en guardia respecto a espectáculos, amistades, modas y demás aspectos de la vida.

No concuerda bien con la templanza el espíritu de impaciencia que trae consigo la discordia, e igualmente si existe rechazo hacia una determinada persona, con la templanza este espíritu se cambia en una actitud de dulzura, de amor, de buena voluntad, decidiéndose a actuar con corazón sincero y generoso.

Con la templanza se llega a desarraigar también cualquier afecto desordenado, como el que a veces ciertos padres sienten por sus hijos, queriendo poseerlos exclusivamente, desarraigar también los conatos de envidia por lo que no llegamos a tolerar a los demás, situando nuestro bien en el mal ajeno: desarraigar nuestro orgullo que domina tal vez nuestros pensamientos, haciendo inflexibles nuestras decisiones, no pudiendo tolerar cualquier consejo o aviso por parte de los otros.

La templanza siempre está vigilante para hacer valer la ley, las formas y las buenas maneras en todos los arranques de nuestro corazón, no permitiendo ir más allá de los límites de la razón y de la Fe.

El camino y el medio más seguro para que no nos dominen las pasiones es de conservar la templanza y no dejarnos sorprender; y así nos lo recomienda el Apóstol cuando nos dice que vigilemos frente al enemigo: “vigilad porque el diablo, vuestro adversario, da vueltas en torno vuestro buscando a quién devorar”.

Y démonos cuenta que cuanto abarca nuestra mirada todo puede ser nuestro enemigo: nuestra propia casa y nuestra propia persona, lo más cercana a nosotros puede ser nuestro adversario más encarnizado, alimentando nuestras pasiones y deseos, y por eso nuestra propia carne es la que con más furor nos asalta, sin tregua, existiendo hasta la muerte esa enemistad entre ella y el espíritu.

Amadísimos hijos, estad vigilantes para que no seáis presa de las sugestiones de la carne que se lamenta de su propia impotencia para guardar la práctica del ayuno y de la abstinencia, y por lo tanto no olvidéis que un cuerpo demasiado bien alimentado es enemigo de lo espiritual.

MORTIFICACION DE LOS SENTIDOS

Cuidad vuestra mirada ya que por los ojos entran las funestas imaginaciones en la mente y los afectos perversos invaden el corazón. Preservad los oídos ya que a través de ellos el espíritu puede verse atrapado en sugestiones maliciosas. Igualmente mucha atención con la lengua, porque aquel que habla mucho no estará exento de culpa; y de forma especial tengamos sumo cuidado con nuestro enemigo más recalcitrante, el amor propio, que finge, seduce y engaña, valiéndose de mil maneras para no ser reconocido.

No olvidemos que una simple antipatía – así nos parece- que sentimos por alguno de nuestros hermanos puede convertirse sin pasar mucho tiempo en una abierta enemistad.

Si se siente una inclinación especial hacia una determinada persona, afecto inocente por otra parte, no bajemos la guardia, pues en caso contrario se verá afectada la castidad, y tanto en el trato como en las expresiones seamos puros y moderados.

EL MUNDO FAVORECE EL PLAN DEL DEMONIO PARA PERDERNOS

En cuanto a los bienes materiales guardémoslos como conviene pero estando muy atentos que este cuidado no acabe en una dañina avaricia. Aunque se afirme que ciertos espectáculos y lecturas no son peligrosos, conviene recordar que la serpiente maligna permanece oculta e incluso en las flores Y EN EL AIRE QUE SE RESPIRA PUEDE HABER UN VENENO MORTAL. No olvidemos nunca que nuestro adversario, que se esconde para atacarnos, no nos presente desde el primer momento el mal, sino que después de mostrarnos algún bien nos lleva poco a poco a un espíritu de tibieza en el servicio divino y tras esto nos hunde en el disipación y la rutina o apatía.

Si existe un tiempo en el cual debemos estar vigilantes de una forma especial es el nuestros días, pues el mundo, con espíritu diabólico, favorece y ayuda a los perversos planes, sobre todo los dirigidos contra la Iglesia, con el fin de provocar los sentimientos antirreligiosos, y así disminuir el prestigio y la reputación respecto a los hombres que la gobiernan, haciendo resaltar todos los defectos, en todos los grados de la Jerarquía, por lo cual concluimos con el Apóstol: resistite fortes in fide.

EL ENEMIGO TRABAJA PARA HACERNOS PERDER LA FE

Permaneced firmes en la verdad que se encuentra substancialmente en Jesucristo, a quien Dios Padre ha constituido piedra angular en la edificación de la nueva Jerusalén, la Iglesia Católica, y todo aquel que tenga en El cimentada su Fe no será confundido. Fuente de gracia para los que son fieles, esta piedra misteriosa se convierte se convierte sin embargo en piedra de escándalo y de ruina para todos los que pretenden edificar sin ponerla como base de sus sistemas.

Estad alertas, queridísimos hijos, y mantened viva la Fe; guardaos de sus enemigos declarados, que han dejado arrinconado en el pasado el carácter secreto de sus conciliábulos, y ahora, con banderas desplegadas, se esfuerzan por arrebatar el pueblo su joya más valiosas: la Fe; y esto, con sutiles artimañas intentan socavar la autoridad de la Iglesia y de sus ministros denunciándolos como perturbadores, blanco de todas las sospechas y extremistas, hasta tal punto que no pocos católicos, ingenuos o hipócritas, acaban por admitir todas estas cosas, y se creen cuando les dicen que no se combate a la Religión, sino que únicamente se quiere liberarla de los abusos que se han introducido, separar la Religión y la política; no se quiere perseguir a la Iglesia, pero hay que saber –dicen ellos- que no se puede actuar rectamente si se desconoce el espíritu de los tiempos. Deseamos el bien de los pueblos –afirman- para lo cual nos empeñamos en la paz de todas las naciones. Resistite fortes in fide, decimos a aquellos cristianos que conociendo sólo superficialmente la ciencia de la Religión, y practicándola menos, pretenden erigirse maestros de la Iglesia afirmando que debe adaptarse a las exigencias de los tiempos, sacrificando para ellos algún punto de la integridad de sus santas leyes; que el derecho público de la Cristiandad debe mostrarse sumiso ente los grandes principios de la era moderna, y manifestar esta sumisión ante el nuevo vencedor, incluso la moral evangélica, demasiado severa, debe adaptarse a estas nuevas normas más complacientes y acomodaticias. Finalmente la disciplina eclesiástica debe prescindir de sus prescripciones que resultan molestas a la naturaleza humana, para abrir paso al progreso de la ley en la libertad y amor.

Resistite fortes in fide, contra todos aquellos que pretenden dirigir y guiar a la Iglesia en provecho de sus propios intereses y decisiones, juzgando sus enseñanzas e impidiendo sus censuras y condenas; todo esto constituye un pecado enorme de soberbia, y para no ser víctimas de su gran castigo, tengamos el valor de luchar en nuestra sociedad contra todos estos enemigos, descubriendo la malicia de sus ideas perniciosas y haciendo frente al terror de sus maquinaciones o desafiando sus ironías o insultos.

Resistite fortes in fide, especialmente los que se glorían en verdad del nombre de católicos, sobre todo para no dejarse seducir por los falsos apóstoles que como Satanás se disfrazan de ángeles de luz, y fingen lamentos, temores e inquietudes por los males de la Iglesia y por los peligros por los que atraviesa, y en virtud de una caridad fingida y con un corazón hipócrita aceptan las máximas que poco a poco llevan a la Iglesia a una situación de enfermedad y de males mortales.

Aunque es cierto que ciertos triunfos de la moderna iniquidad pueden escandalizarnos y poner a prueba nuestra Fe en la Providencia, sin embargo la fuerza misma de los acontecimientos va serenando la iniquidad de la Fe. Las Sagradas Letras nos advierten así: “¡Ay de los que al mal llaman bien, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que son sabios a sus ojos, y son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y fuertes para mezclar licores; de los que por cohecho dan justo al impío y quitan al justo su justicia!” (Isaías V, 20-23). Y en otro pasaje se dice: “¡Ay de ti, Asur, vara de mi cólera, bastón de mi furor! Yo le mandé con una gente impía, le envié contra el pueblo objeto de mi furor, para que saquease e hiciera de él su botín, y le pisase como se pisa el polvo de las calles, pero él no tuvo los mismos designios, no eran éstos los pensamientos de su corazón, su deseo era desarraigar, exterminar pueblos en gran número”. (Isaías X, 5-7).

Que los acontecimientos que contemplamos en la iglesia se ven iluminados con estos pasajes. Meditémoslos, queridísimos hijos, y aceptemos todo lo que sucede como una prueba y una expiación; convirtámonos al Señor y respondamos con prontitud a la paternal llamada de su misericordia. Que estos días de la Santa Cuaresma sean para nosotros días de propiciación y así nos entremos algo más dignos para celebrar con Nuestro Señor Jesucristo la gloriosa Pascua de Resurrección.

Enviado por el R.P. Michael Boniface, fsspx

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