Militia est…

Repitiendo las mismas palabras

Hace unos días a razón de la imagen que encabeza este pequeño escrito, se suscito entre dos personas una discusión sobre el rezo del Santo Rosario, todo ello en una red social.

Como bien sucede entre aquellos que no entienden el amor que -nosotros los católicos- le tenemos a tan gran Señora; tildaba una de ellas que dicho rezo es aburrido, publicando de una forma burlona la guía de rezarlo.

Quedé con ese pensamiento, entendí que quien no ama no puede decir te amo, por que si amas no te cansas de decirlo.

Nosotros los católicos creemos por fe que cuando Jesús dijo en la cruz las palabras “Hijo, he ahí a tu madre”, en San Juan se representaba a toda la iglesia y por eso le veneramos como Madre, confiamos en ella y le pedimos su intercesión ante su Hijo, también por esto es que nació la oración que no nos cansamos de repetir -no solo en el rezo del Santo Rosario-, el Ave María.

Si Dios le saludo ¿Quién somos nosotros para no hacerlo? Si es la “llena de gracia” que llevó a Dios en su seno, quien somos nosotros para no amar a Dios, que es amor y que amo a su madre. En ella está y estará el Señor, por que para que Él habitará en ella se debió preparar a tal criatura de la mejor manera, como bien lo enseña nuestra madre iglesia, y que después de traerlo al mundo, no la dejó desamparada.

Ella es bendita y ninguna mujer, en ningún tiempo será tan excelsa como ella, porque de ninguna otra nacerá Dios.

Y, ¿Cómo no será bendito el fruto de su vientre, si “es el que es”? Jesús, al nombre que  toda rodilla se doblara.

Santa María, como no decirte que eres la madre de Dios, titulo que nadie más tiene ni tendrá. Como no pedirle que ruegue ante tu hijo que es el mismo Dios, en este momento (de alegría, de tristeza, de angustia, de dolor, de ausencia, de…) y en el momento de dejar el mundo terreno para ir en busca del Creador.

El que no ama no entiende la gracia que tenemos nosotros los católicos de tener tan gran Madre que como nuestra madre terrena (aunque imperfecta esta ultima) esta ahí siempre, que hasta a los malos hijos siempre en sus ojos son buenos, ¿Cómo no será de puro este amor de Madre que fue creada por el amor?

***

“Y asi fue…”

Un cambio doloroso

En el siglo pasado cuando era un niño fui espectador del cambio que fue sucediendo en la misa. Recuerdo como fueron cambiando el discurso los sacerdotes, de un sacrificio realizado por el mismo Dios, a una cena de Jesús con sus discípulos. El cambio fue paulatino y silencioso, lento pero seguro, hasta transformar la mentalidad de todos. La sorpresa más grande de unos años atrás, ha sido encontrar que la misa no ha cambiado, sigue siendo el Sacrificio de Jesucristo, que a pesar de los cambios
se ha conservado, sigue estando ahí.

La palabra sacrificio proviene del latín sacrificium, (“sacrum” y “facere”),  “hacer” algo
“sagrado”. La Real Academia de la Lengua define sacrificio como:Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación. Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino en honor de su Eterno Padre. Sacrificio de la misa.

El sacrificio de la misa es la representación y continuación del sacrificio de la Cruz. Es representación puesto que la separación de las sagradas especies representa la separación del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo que se efectuó en la Cruz; y es continuación porque Jesucristo prosigue en el altar la ofrenda de inmolación que hizo de sí mismo en la Cruz. Este sacrificio es el mismo de la Cruz porque es el mismo Sacerdote y la misma Victima, es decir Jesucristo, quien se ofrece e inmola por nosotros, por manos de su ministro. La única diferencia que hay entre los dos sacrificio
es que en la Cruz Jesucristo se ofreció de una manera sangrienta y visible, mientras que en altar, se ofrece de una manera incruenta y misteriosa, sin padecer ni morir.

La misa ocupa, en la vida de la iglesia, el mismo lugar central que el Calvario en la obra de nuestra redención.  En el momento del sacrificio eucarístico, el Hijo de Dios se ofrece otra vez a su Padre por su Iglesia elevándola con Él, por Él y en Él hasta la trinidad haciendo descender sobre ella los frutos de su inmolación. La iglesia al ofrecer el Santo Sacrificio a Dios lo realiza para adorar a Dios, para agradecerle sus beneficios, para obtener perdón de los pecados y para pedirle gracias.

San Mateo termina su evangelio con las palabras de Jesucristo resucitado: «Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt. 28, 20).  Con esta afirmación la iglesia sabe de la presencia de Cristo en la historia, pero además de saberlo, por medio de la Santa Misa, Jesucristo esta real y verdaderamente en el sacramento de la Eucaristía, el cual es su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies del pan y vino, los cuales son transformados al momento de la Consagración.

Este sacramento va aún más lejos, porque Jesucristo también sirve como alimento para nuestras almas por medio de la comunión. En la comunión se recibe verdaderamente a Jesucristo, el mismo que nació de la Santísima Virgen María, el mismo que fue clavado y que resucito glorioso. Al recibir la comunión se aumenta la gracia santificante, borra las culpas veniales, preserva de las morales y es prenda de vida eterna.

La misa es el único sacrificio de la redención, perpetuado bajo forma litúrgica en medio de los hombres, para hacerlos santos “a imagen del Hijo”, y también y sobre todo para hacer subir hacia Dios desde el seno de la iglesia militante, la plegaria continua, la acción de gracia, la expiación y la adoración sin fin del alma de Jesús y de la Iglesia del Verbo encarnado.

La mejor manera de asistir a misa es como la gotita de agua en el cáliz, desaparecer en el alma de Cristo, perderse en los sentimientos del Verbo encarnado, y allí, como la Virgen al pie de la Cruz, “por Él, con Él y en Él” ofrecerse como hostia de alabanza a la adorable Trinidad.

Manuel Morales

2 pensamientos en “Militia est…

  1. Buena iniciativa este blog. El párrafo final es muy motivador, y la vez, presenta un ideal pues para “perderse”, “asimilarse” en Cristo, y valerse de la comunión para ello, se debe de tener una purificación de sentidos y de espíritu muy avanzada, siguiendo la terminología sanjuanista.
    El provecho que los cristianos hacemos de la eucaristía suele ser proporcional a las disposiciones interiores con las que la recibimos. Fundamental será, entonces, hacer la MEJOR PREPARACIÓN POSIBLE antes de comulgar, y esto, de forma remota y próxima, remota (viviendo en gracia habitual y evitando lo que nos separa de Dios) y próxima (concentrándonos en que estamos en un ambiente sagrado y ante celebración de misterios divinos, durante la santa misa, pidiendo a Dios aumento de las virtudes teologales y procurando hacer actos de devoción, reverencia y amor en torno a Jesús Sacramentado, pidiendo a Dios que nos guíe en esos momentos y nos ayude a presentarle las disposiciones que espera de nosotros).
    Saludos y bendiciones!

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