Tiempo de Cuaresma

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Del miércoles de ceniza hasta el domingo de Pasión, concurre el tiempo de Cuaresma.

La Cuaresma nos asocia a obra redentora efectivamente por el ayuno y las otras practicas de penitencia. No hay Cuaresma que merezca tal nombre sin un esfuerzo personal para rehacer la vida y vivirla con más fidelidad y para reparar con algunas privaciones voluntarias las negligencias de otros tiempos. Mas paralelamente a estos esfuerzos que pide la iglesia de cada uno de nosotros, ella, por su parte, levanta ante Dios la cruz de Cristo, el Cordero divino que carga con los pecados de los hombres y que es verdadero precio de nuestra redención. A medida que se va acercando la semana santa, irá poco a poco predominando el pensamiento de la Pasión hasta absorber toda nuestra atención. Pero ya está presente desde el principio de Cuaresma y por eso, en unión con los sufrimientos de Cristo, todo el ejército cristiano se alista en la «santa cuaresma» y camina hacia Pascua con la alegre certidumbre de participar de su resurrección.

«He ahí el tiempo favorable, he ahí los días de salvación» (Epístola del primer domingo). La Iglesia nos presenta la Cuaresma con los mismos términos con que la presentaba en otro tiempo a los catecúmenos y a los penitentes públicos que se preparaban a las gracias pascuales del bautismo y de la reconciliación sacramental. Para nosotros, tanto como para ellos, debe ser la Cuaresma un gran retiro, unos ejercicios en que la Iglesia nos lleve a la práctica de una vida cristiana más perfecta. Ella nos muestra el ayuno de Cristo y, por medio de la penitencia y del ayuno, nos asocia a sus sufrimientos para hacernos participar en su resurrección.

Es un tiempo de ahondamiento, en unión con toda la Iglesia, que se prepara a la celebración del misterio pascual. Cada año, con un nuevo esfuerzo, vuelve a emprender el pueblo cristiano, en pos de su jefe, Cristo, la lucha contra el mal, contra Satanás y el hombre de pecado que todos llevamos dentro de nosotros mismos, para lograr en Pascua una renovación de vida en las mismas fuentes de la vida divina y proseguir y caminar hacia el cielo.

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Segundo Domingo después de la Epifanía.

"Haced lo que él os dijere"... "Quodcumque dixerit vobis, facite".

“Haced lo que él os dijere”… “Quodcumque dixerit vobis, facite”.

El evangelio domina por su simbolismo que es doble: las bodas figuran la alianza; el agua cambiada en vino, la superioridad de la alianza sobre la antigua con el anuncio de la Eucaristía  “¿Por qué ha de extrañar que asista el Señor a unas bodas si ha venido a este mundo para despojarse?” Esto comenta San Agustin en maitines y comenta, uno tras otro, ambos simbolismos.

Todos los Padres han visto en el milagro de Caná el anuncio de la Eucaristía, de la transformación de nuestras almas bajo la acción de Cristo.

“Envió el Señor su palabra y los sanó; y los arrancó de la muerte. Alaben al Señor por sus misericordias y sus maravillas en favor de los hijos de los hombres”.

Gradual de la Santa Misa del Día.

Sobre la oración

sacerdote eterno

 

En el siglo II escribía Tertulliano en su libro Sobre la oración (29, 2) “La oración lava los pecados, rechaza las tentaciones,  consuela a los débiles, alegra a los fuertes, guía a los que viajan, apacigua las tempestades, alimenta a los pobres, dirige a los ricos, alienta a los que se desaniman, levanta a los que caen, sostiene a los que se mantiene derecho”. El mismo Tertuliano hablando del combate espiritual,  escribe: “La oración, es la muralla y la defensa de la fe, nuestro armamento contra el enemigo que nos amenaza por todos los lados.” (De Oratione, 29, 3).

Domingo en la infraoctava de Navidad

Sagrada Familia

José y María, madre de Jesús, estaban maravillados de lo que se decía de Él.
Lc 2, 33

La misa de este domingo, dentro de las fiestas de Navidad, continúa evocando el misterio de la encarnación y su resonancia en nuestras vidas. Dos versículos del Libro de la Sabiduría le proporcionan un maravilloso introito: cuando todas las cosas se hallaban en reposo, el Verbo, palabra siempre viva del Padre, hizo su aparición en el silencio de la noche.

Cristo, signo de adhesión y contradicción y piedra angular para unos y de tropiezo para otros, impone por su sola presencia una elección. De nosotros depende el aceptar en nuestra vida al que todos, para salvación o para ruina, hemos de recibir o rechazar.

Los Santos Inocentes

Santos Inocentes - Diciembre 28 - 28_santi_innocenti

 

En esta octava de Navidad conmemora la Iglesia a los niños de Belén y sus cercanías que mandó matar Herodes. Con su martirio, estas vidas inocentes dan testimonio de Cristo, perseguido desde su nacimiento por un mundo que no quiere recibirle. Cristo mismo ocasiona este degüello; ya comienza a ser motivo de contradicción. Pero los perseguidores quedan impotentes; Cristo ha venido a cumplir una obra de salvación y nadie se la impedida.

¡Oh Dios!, cuyo testimonio dieron en este día los Inocentes Mártires, no hablando sino muriendo, mortifica en nosotros todas las malas pasiones, para que profesemos con nuestras costumbres la fe que confiesa nuestra lengua.

Oración Colecta de la Santa Misa.

Vigilia de Navidad

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“Hoy sabréis que viene el Señor a salvarnos; mañana veréis su gloria. Del Señor es al tierra y canto la llena; el mundo y todos sus habitantes”.

Introito de misa Vigilia de Navidad.

La vigilia de Navidad está impregnada de una santa alegría. De no ser por por ornamentos morados, se creería comenzada ya la fiesta. El Hodie scietis (Hoy sabréis…), repetido con insistencia, expresa el júbilo de la Iglesia. El gran acontecimiento que se dispone a celebrar se sitúa en el pasado, pero la venida del Salvador se acentúa siempre por la redención que trae a los hombres de todos los tiempos.

El Santo nombre de María.

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“Qué privilegio y qué dignidad las tuyas, Virgen María, que sin menoscabo de tu integridad te ves Madre del Salvador. Oh Virgen, Madre de Dios, el que no cabe en todo el orbe, hecho hombre, se ha encerrado en tu seno”.

Según costumbre de los judios, ocho días después del nacimiento de la Virgen, sus padres le impusieron el nombre de María. La liturgia, que ha fijado algunos días después de Navidad la fiesta del santo nombre de Jesús ha querido instituir también la fiesta del santo nombre e María poco después de su Natividad. Celebrada primero en España, esta fiesta fue extendida a toda la iglesia por el papa Inocencio XI, en 1683.

El nombre hebreo de María, en latín Domina, significa Señora o Soberana; y eso es ella en realidad por la autoridad misma de su Hijo, soberano Señor de todo el universo. Gocémonos en llamar a María Nuestra Señora, como llamamos a Jesús Nuestro Señor; pronunciar su nombre es afirmar su poder, implorar su ayuda y ponernos bajo su maternal protección.