Aparición de la Santísima Virgen en Lourdes

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Desde el 11 de febrero hasta el 16 de julio de 1858 cuatro años después de la definición de la Inmaculada Concepción por Pío IX, se apareció la Virgen Santísima dieciocho veces a Bernardita Soubirous, pastorcita de catorce años en la gruta de la roca Massabille, en Lourdes. El 25 de marzo dijo a esta niña: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Desde entonces se ha convertido Lourdes en un centro de peregrinación, donde multitudes de todo el mundo se suceden, deseosas de testimoniar su devoción a María. Innumerables curaciones y conversiones han hecho de el un lugar privilegiado de gracia, al mismo tiempo que de oración.

¡Oh Dios!, que por la Inmaculada Concepción de la Virgen preparaste a tu Hijo digna morada, te rogamos, suplicantes que, celebrando la aparición de la misma Virgen, consigamos la salud del alma y del cuerpo.

Oración Colecta de la Santa Misa del día.

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Fiesta de la Candelaria

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Fiesta de la Presentación del Señor, 2 de febrero 
Fiesta de la Presentación del Señor, llamada Hypapante por los griegos: Cuarenta días después de Navidad, Jesús fue conducido al Templo por María y José, y lo que podía aparecer como cumplimiento de la ley mosaica era realmente su encuentro con el pueblo creyente y gozoso, manifestándose como luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel.

Para cumplir la ley, María fue al Templo de Jerusalén, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús

Esta fiesta ya se celebraba en Jerusalén en el siglo IV.

La festividad de hoy, de la que tenemos el primer testimonio en el siglo IV en Jerusalén, se llamaba hasta la última reforma del calendario, fiesta de la Purificación de la Virgen María, en recuerdo del episodio de la Sagrada Familia, que nos narra San Lucas en el capitulo 2 de su Evangelio. Para cumplir la ley, María fue al Templo de Jerusalén, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, para ofrecer su primogénito y cumplir el rito legal de su purificación. La reforma litúrgica de 1960 y 1969 restituyó a la celebración el título de “presentación del Señor” que tenía al principio: la oferta de Jesús al Padre, en el Templo de Jerusalén, es un preludio de su oferta sacrifical sobre la cruz.

Este acto de obediencia a un rito legal, al que no estaban obligados ni Jesús ni María, constituye una lección de humildad, como coronación de la meditación anual sobre el gran misterio navideño, en el que el Hijo de Dios y su divina Madre se nos presentan en el cuadro conmovedor y doloroso del pesebre, esto es, en la extrema pobreza de los pobres, de los perseguidos, de los desterrados.

El encuentro del Señor con Simeón y Ana en el Templo acentúa el aspecto sacrificial de la celebración y la comunión personal de María con el sacrificio de Cristo, pues cuarenta días después de su divina maternidad la profecía de Simeón le hace vislumbrar las perspectivas de su sufrimiento: “Una espada te atravesará el alma”: María, gracias a su íntima unión con la persona de Cristo, queda asociada al sacrificio del Hijo. No maravilla, por tanto, que a la fiesta de hoy se le haya dada en otro tiempo mucha importancia, tanto que el emperador Justiniano decretó el 2 de febrero día festivo en todo el imperio de Oriente.

Roma adoptó la festividad a mediados del siglo VII, y el Papa Sergio I (687-701) instituyó la más antigua de las procesiones penitenciales romanas, que salía de la iglesia de San Adriano y terminaba en Santa María Mayor. El rito de la bendición de los cirios, del que ya se tiene testimonio en el siglo X, se inspire en las palabras de Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación, que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones”. Y de este rito significativo viene también el nombre popular de esta fiesta: la así llamada fiesta de la “candelaria”.

El Santo nombre de María.

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“Qué privilegio y qué dignidad las tuyas, Virgen María, que sin menoscabo de tu integridad te ves Madre del Salvador. Oh Virgen, Madre de Dios, el que no cabe en todo el orbe, hecho hombre, se ha encerrado en tu seno”.

Según costumbre de los judios, ocho días después del nacimiento de la Virgen, sus padres le impusieron el nombre de María. La liturgia, que ha fijado algunos días después de Navidad la fiesta del santo nombre de Jesús ha querido instituir también la fiesta del santo nombre e María poco después de su Natividad. Celebrada primero en España, esta fiesta fue extendida a toda la iglesia por el papa Inocencio XI, en 1683.

El nombre hebreo de María, en latín Domina, significa Señora o Soberana; y eso es ella en realidad por la autoridad misma de su Hijo, soberano Señor de todo el universo. Gocémonos en llamar a María Nuestra Señora, como llamamos a Jesús Nuestro Señor; pronunciar su nombre es afirmar su poder, implorar su ayuda y ponernos bajo su maternal protección.